Fácil es la última palabra que yo usaría
A mi mejor amigo.
Por escoger el final.
Me desperté y como típica escena hollywoodense, estiré la mano había un lado esperando encontrar un cuerpo cálido dormitando junto a mí. Sorpresa, no estabas. Reaccioné, miré el reloj, eran las 6:22. Tú no estabas. No seguí mi impulso de buscarte por la casa porque vi una nota sobre la mesita de noche. “Vuelvo más tarde” era todo lo que decía. ¿Acaso no podías haber escrito algo más impreciso?
Más tarde podían ser dos horas, tres días, cinco semanas o años incluso. Mire la cama y recordé que a las tres de la mañana me había despertado una repentina y estruendosa taquicardia. Mi corazón hacia eso a veces, como un efecto retardado de emoción, no sé. Me había sentado en la cama cuidadosamente para esperar que se me pasara y aproveché para mirarte. Te veías tan insulso, despojado de toda la gracia de la vigilia y, sin embargo, podría haberme quedado un buen rato viéndote dormir. Imaginándome con qué universo podrías estar soñando y si yo cabría en él. Te había tocado la cara, sudabas, habías hecho una mueca extraña y luego habías vuelto a la paz.
“Vuelvo más tarde” ¿Más tarde? ¿Y si volvías en siete años? Yo no podía esperarte tanto tiempo, tenía una vida que vivir, cosas que hacer. Me imaginé a mi misma en una escena de Edward Scissorhands: Winona Ryder, ya viejita les cuenta a sus nietos la historia de aquel viejo amor. “Me dejó una nota diciendo que volvería más tarde. Esta es la hora que no sé de él” Ay no, yo no podía decirle eso a mis nietos!
También estaba la otra opción… ¿Qué tal si al otro día me daba un golpe y quedaba con amnesia? ¿Qué pasaría cuando volvieras y yo no supiera quién eras o por qué había esa nota en mi mesa de noche? Dios mío, iba a tener que hacerme un tatuaje, al mejor estilo Memento para poder recordarlo. Solo había un problema: yo tenía una estricta política de no escribirme nombres en el cuerpo y si me escribía solamente “Volverá más tarde” y me daba amnesia, eso iba a provocarme toda clase de confusiones.
Me abalancé sobre tu almohada y la olí. Y no olía a nada porque ese era tú olor, olor a nada, sabor a nada. Pero era tuyo porque todos los demás olían a algo, a cigarrillos, a light blue, a chicles de menta, a trasnochado y tú no olías a nada. No quería que me diera amnesia. No quería olvidar a que olías tú. Así que tendría que tatuarme “Volverá más tarde y no huele a nada”, pero eso sí que sería realmente incoherente para una amnésica.
Más tarde… ¿y si no volvía? No. eso no era una opción. Él había escrito “Volveré”. Técnicamente lo había prometido y técnicamente si volvía en cinco años o en veinte yo no podría reclamarle nada porque técnicamente habría cumplido su promesa. Total que me habías atado la vida con una nota.
Ni siquiera iba a poder salir porque si llegabas y no me encontrabas pensarías que yo no te habría esperado y te irías indignado. Yo no sabría que ya habrías cumplido y seguiría esperándote. Menudo desencuentro. ¡Joder! Que eso no podía pasar, yo no podía esperar tanto y no pensaba encerrarme en la casa hasta volverme una loca fanática tipo Kathy Bates en Misery.
No me servía que volvieras en cinco años, ni en tres meses, ni en dos semanas. En ese lapso podía pasar cualquier cosa (aparte de la amnesia) y yo no podía permanecer atada a un fantasma.
Así que solo quedaba una opción: hacerme el tatuaje, esperar que volvieras y yo me diera cuenta y cuidarme mucho de los traumas craneoencefálicos. De todas formas podría hacerme el tatuaje bien escondido y cuando al verme desnuda un futuro amante me preguntara por él, siempre podría inventarme que era una frase de un hermoso poema escrito en una caverna en Finlandia… o mejor, que me lo había hecho en una borrachera y no tenía ni idea que significaba.
Así que cuando volvieras y quisieras molestarte porque yo hubiera hecho mi vida, te mostraría el tatuaje incoherente y tú lo encontrarías dulce. Nos abrazaríamos y la vida seguiría.
Suspiré resignada, me estiré la pijama y me fui a la cocina descalza para calentar un poco de agua. Miré el reloj, eran las 7:22. Entonces escuché la puerta abrirse y corrí para comprobarlo, eras tú. Te abracé tan fuerte que te hice soltar los paquetes que llevabas.
- Menos mal que volviste.
- ¿Por qué?
- No sabes todo lo que se me ocurre en una hora...
Por escoger el final.
Me desperté y como típica escena hollywoodense, estiré la mano había un lado esperando encontrar un cuerpo cálido dormitando junto a mí. Sorpresa, no estabas. Reaccioné, miré el reloj, eran las 6:22. Tú no estabas. No seguí mi impulso de buscarte por la casa porque vi una nota sobre la mesita de noche. “Vuelvo más tarde” era todo lo que decía. ¿Acaso no podías haber escrito algo más impreciso?
Más tarde podían ser dos horas, tres días, cinco semanas o años incluso. Mire la cama y recordé que a las tres de la mañana me había despertado una repentina y estruendosa taquicardia. Mi corazón hacia eso a veces, como un efecto retardado de emoción, no sé. Me había sentado en la cama cuidadosamente para esperar que se me pasara y aproveché para mirarte. Te veías tan insulso, despojado de toda la gracia de la vigilia y, sin embargo, podría haberme quedado un buen rato viéndote dormir. Imaginándome con qué universo podrías estar soñando y si yo cabría en él. Te había tocado la cara, sudabas, habías hecho una mueca extraña y luego habías vuelto a la paz.
“Vuelvo más tarde” ¿Más tarde? ¿Y si volvías en siete años? Yo no podía esperarte tanto tiempo, tenía una vida que vivir, cosas que hacer. Me imaginé a mi misma en una escena de Edward Scissorhands: Winona Ryder, ya viejita les cuenta a sus nietos la historia de aquel viejo amor. “Me dejó una nota diciendo que volvería más tarde. Esta es la hora que no sé de él” Ay no, yo no podía decirle eso a mis nietos!
También estaba la otra opción… ¿Qué tal si al otro día me daba un golpe y quedaba con amnesia? ¿Qué pasaría cuando volvieras y yo no supiera quién eras o por qué había esa nota en mi mesa de noche? Dios mío, iba a tener que hacerme un tatuaje, al mejor estilo Memento para poder recordarlo. Solo había un problema: yo tenía una estricta política de no escribirme nombres en el cuerpo y si me escribía solamente “Volverá más tarde” y me daba amnesia, eso iba a provocarme toda clase de confusiones.
Me abalancé sobre tu almohada y la olí. Y no olía a nada porque ese era tú olor, olor a nada, sabor a nada. Pero era tuyo porque todos los demás olían a algo, a cigarrillos, a light blue, a chicles de menta, a trasnochado y tú no olías a nada. No quería que me diera amnesia. No quería olvidar a que olías tú. Así que tendría que tatuarme “Volverá más tarde y no huele a nada”, pero eso sí que sería realmente incoherente para una amnésica.
Más tarde… ¿y si no volvía? No. eso no era una opción. Él había escrito “Volveré”. Técnicamente lo había prometido y técnicamente si volvía en cinco años o en veinte yo no podría reclamarle nada porque técnicamente habría cumplido su promesa. Total que me habías atado la vida con una nota.
Ni siquiera iba a poder salir porque si llegabas y no me encontrabas pensarías que yo no te habría esperado y te irías indignado. Yo no sabría que ya habrías cumplido y seguiría esperándote. Menudo desencuentro. ¡Joder! Que eso no podía pasar, yo no podía esperar tanto y no pensaba encerrarme en la casa hasta volverme una loca fanática tipo Kathy Bates en Misery.
No me servía que volvieras en cinco años, ni en tres meses, ni en dos semanas. En ese lapso podía pasar cualquier cosa (aparte de la amnesia) y yo no podía permanecer atada a un fantasma.
Así que solo quedaba una opción: hacerme el tatuaje, esperar que volvieras y yo me diera cuenta y cuidarme mucho de los traumas craneoencefálicos. De todas formas podría hacerme el tatuaje bien escondido y cuando al verme desnuda un futuro amante me preguntara por él, siempre podría inventarme que era una frase de un hermoso poema escrito en una caverna en Finlandia… o mejor, que me lo había hecho en una borrachera y no tenía ni idea que significaba.
Así que cuando volvieras y quisieras molestarte porque yo hubiera hecho mi vida, te mostraría el tatuaje incoherente y tú lo encontrarías dulce. Nos abrazaríamos y la vida seguiría.
Suspiré resignada, me estiré la pijama y me fui a la cocina descalza para calentar un poco de agua. Miré el reloj, eran las 7:22. Entonces escuché la puerta abrirse y corrí para comprobarlo, eras tú. Te abracé tan fuerte que te hice soltar los paquetes que llevabas.
- Menos mal que volviste.
- ¿Por qué?
- No sabes todo lo que se me ocurre en una hora...
Comentarios
Publicar un comentario