Caminante
Me sentía como una penitente que insistía en caminar como forma de expiar algún pecado. No era culpable de nada, pero cada vez que la rodilla comenzaba a doler, insistía en caminar como si en el intento pudiera cancelar ese dolor y demostrarle al universo que no me dolía nada y que seguiría caminando siempre. Durante ese año que pasé en Europa ese fue casi un precepto: cuanto más largo se viera el camino, más me empeñaba en seguirlo. Estaba de viaje sola al otro lado del mundo; caminar era la forma perfecta de vivir esa experiencia. O hubiera sido perfecta si la rodilla no llevara casi un año doliendo cada vez que ponía una pierna enfrente de la otra. Cuando llegué a Toledo, un sábado gris de noviembre, el dueño del hostal me dijo que la mejor vista de la ciudad estaba al otro lado del río. Dijo que me tomaría una hora y media atravesar el puente, caminar por la carretera hasta el punto donde podría tomar una foto digna de postal y luego devolverme por otro puente que estaba m...