Montañita

Aquí arriba en la montaña el aire huele a fresco, a pino; es aire limpio, casi demasiado. Cuando vienes de la ciudad el aire puro te parece raro, no te acostumbras a tanto oxígeno. Aquí arriba se pueden ver las estrellas en un día cualquiera. Ahora mismo, en octubre, hace fresco durante el día y de noche hace frío  agradable, sutil, no de morirse. He venido en invierno, en verano, en otoño y en primavera. He venido muchas veces y sigo viniendo cada que la fortuna me lo permite. No todo es perfecto, claro, semejante cosa no existe, pero aquí arriba encontré personas que me arropan con su cariño y me invitan a su mesa. Aquí arriba hay paz, pero no porque no quepa el dolor o la humanidad, sino porque hay cierto silencio, el silencio de la naturaleza, el rumor de los árboles, un olor que ya me es familiar, a comida que se está horneando. 

Aquí arriba no me duele nada, pero no porque este lugar tenga la facultad de desaparecer los dolores, sino porque abajo, en la ciudad, tampoco me duele nada. Ya no viajo para escapar de mis emociones. Ahora viajo para llevármelas de paseo, para mostrarles otras calles, para verlas encontrarse con versiones pasadas de mí. "Esta era yo antes", les digo, y nos da ternura lo mucho que me preocupaban cosas de las que ya casi ni me acuerdo. También nos divierte ver esa semilla de aventurera, medio buñuela, temerosa, pero con una curiosidad impresionante. Veo a mi versión de ahora y pienso, "en eso sigues igualita, coges una mochila y a buscar aventura porque o si no te pica la vida". 

"Te cambió la vida", me dice una versión antigua. Y la verdad es que no, le digo, porque en esencia mi vida sigue siendo la misma. La que cambié fui yo. Decidí dejar de moverme por inercia y escarbar el mundo, desbaratar mis nociones de éxito, dejar de preguntarme dónde se busca un "futuro brillante". Es un lujo volver a lugares así, con personas así, sentirme arropada y querida en los días buenos y en los no tanto, encontrar otras formas de amor a donde vaya, en los abrazos de personas con las que no comparto genes, solo destino. Sobre todo, soy afortunada de poder volver a mí, a lo que soy, a lo que me sostiene, de reunirme con todas esas versiones de mí. Ahora confío en mi capacidad para sostenerme a mí misma porque he encontrado cosas que me dan vida y sé que puedo encontrar más, en la montaña, en la ciudad, en donde sea.  

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