Comme l'air que je respire
Esto... mierda, se me están atropellando las palabras en el torrente sanguíneo, de un modo estúpido y desmesurado. Se me lanzan a la cabeza, a las manos y ninguna sabe cual empezar a hablar primero. Estoy ridículamente emocionada.
Ayer me ocurrió algo curioso, y no curioso en el sentido de que fuera raro, sino en el sentido que me provocó una especie de inspiración... un tren de pensamientos que quedaron a medias. Ayer tomé de mi repisa un librito que compre en la feria del libro "La escafandra y la mariposa". Mientras esperaba fuera del salón para que me dieran mi nota de teología lo comencé a leer. Y en las primeras páginas me fui emocionando, me conmoví. Cuando me dieron mi nota me senté en las escaleritas a proseguir mi lectura y cuando llegué al tercer capítulo, no aguanté más y unas cuantas lagrimitas salieron de mis ojos en el mismo instante en que me paré de allí. En esas apareció mi profesor y al verme llorando tomó mi libro y lo miró. Me dijo: "¿qué tal el libro?" a lo que yo contesté: "es muy bonito, y muy triste". El señor hojeó mi librito y me miró extrañado. "Alejandra, ¿usted llora con tanta facilidad?" Si hubiera sido otra persona le habría dado una mirada de lastima. Lo primero que pensé fue "Usted no podría entenderlo". Me limité a repetir mi respuesta anterior "es muy bonito y muy triste".
Como siempre, me quedé pensando en esto. Como soy tan autoreflexiva, no me satisfacen las respuestas radicales de tipo relativo. Me parece perezoso tratar de justificarme con un "Ud. No podría entenderlo" y ya. Eso era cierto, pero ¿por qué?
Mi nombre es Alejandra. Me gustan las palabras raras, las frases profundas y la música intrascendente. Soy muy sencilla, al punto de ser casi aburrida y tener la facultad de pasar horas mirando al techo saboreando palabritas en mi mente. Me gustan las galletas, los dulces que se deshacen en la boca y las películas francesas. Tengo la maña de escribir, especialmente sobre mí porque yo soy mi mejor materia prima y aunque me quede dos horas quieta, callada, horizontal, siempre estoy atareada por dentro. Que yo escriba sobre mi misma o que me la pase metida en mi mente no quiere decir que no me importe el resto, que no me importe el mundo. Que me haga llorar un libro no quiere decir que yo piense con las vísceras, quiere decir que aunque usted sea muy cristiano o muy bueno o lo que sea, no tiene esto que tengo yo, esta fibrita que siente, ubicada entre la tercera costilla y el alma. Yo no soy la única, por supuesto y no lo juzgo si usted no la tiene, pero usted no me juzgue a mí, porque sencillamente no va a entenderlo. No puede ni entrever algo si no lee algo de esto, si no me ve sonreír, si no me escucha cantar, no puede entenderlo si no tiene esa fibrita. Lo siento, es una lástima por usted.
Me quedé pensando, pensando, pensando en por qué mucha gente no podría entenderlo y en por qué me preocupaba saberlo o tratar de explicarlo siquiera. Entonces, hace unos quinte minutos me sucedió algo mágico. Y aquí es donde se me traban las palabras porque creo que no las tengo. Porque alguien las encontró por mí. Estaba leyendo este librito hermoso y encontré esto:
(Léanlo bien, por favor)
Ayer me ocurrió algo curioso, y no curioso en el sentido de que fuera raro, sino en el sentido que me provocó una especie de inspiración... un tren de pensamientos que quedaron a medias. Ayer tomé de mi repisa un librito que compre en la feria del libro "La escafandra y la mariposa". Mientras esperaba fuera del salón para que me dieran mi nota de teología lo comencé a leer. Y en las primeras páginas me fui emocionando, me conmoví. Cuando me dieron mi nota me senté en las escaleritas a proseguir mi lectura y cuando llegué al tercer capítulo, no aguanté más y unas cuantas lagrimitas salieron de mis ojos en el mismo instante en que me paré de allí. En esas apareció mi profesor y al verme llorando tomó mi libro y lo miró. Me dijo: "¿qué tal el libro?" a lo que yo contesté: "es muy bonito, y muy triste". El señor hojeó mi librito y me miró extrañado. "Alejandra, ¿usted llora con tanta facilidad?" Si hubiera sido otra persona le habría dado una mirada de lastima. Lo primero que pensé fue "Usted no podría entenderlo". Me limité a repetir mi respuesta anterior "es muy bonito y muy triste".
Como siempre, me quedé pensando en esto. Como soy tan autoreflexiva, no me satisfacen las respuestas radicales de tipo relativo. Me parece perezoso tratar de justificarme con un "Ud. No podría entenderlo" y ya. Eso era cierto, pero ¿por qué?
Mi nombre es Alejandra. Me gustan las palabras raras, las frases profundas y la música intrascendente. Soy muy sencilla, al punto de ser casi aburrida y tener la facultad de pasar horas mirando al techo saboreando palabritas en mi mente. Me gustan las galletas, los dulces que se deshacen en la boca y las películas francesas. Tengo la maña de escribir, especialmente sobre mí porque yo soy mi mejor materia prima y aunque me quede dos horas quieta, callada, horizontal, siempre estoy atareada por dentro. Que yo escriba sobre mi misma o que me la pase metida en mi mente no quiere decir que no me importe el resto, que no me importe el mundo. Que me haga llorar un libro no quiere decir que yo piense con las vísceras, quiere decir que aunque usted sea muy cristiano o muy bueno o lo que sea, no tiene esto que tengo yo, esta fibrita que siente, ubicada entre la tercera costilla y el alma. Yo no soy la única, por supuesto y no lo juzgo si usted no la tiene, pero usted no me juzgue a mí, porque sencillamente no va a entenderlo. No puede ni entrever algo si no lee algo de esto, si no me ve sonreír, si no me escucha cantar, no puede entenderlo si no tiene esa fibrita. Lo siento, es una lástima por usted.
Me quedé pensando, pensando, pensando en por qué mucha gente no podría entenderlo y en por qué me preocupaba saberlo o tratar de explicarlo siquiera. Entonces, hace unos quinte minutos me sucedió algo mágico. Y aquí es donde se me traban las palabras porque creo que no las tengo. Porque alguien las encontró por mí. Estaba leyendo este librito hermoso y encontré esto:
(Léanlo bien, por favor)
"Necesito como el aire que respiro sentirme conmovido, amar y admirar."
Me quedé muda. En blanco. Mierda. Me acaban de decir el lema de mi vida. Le acaban de dar una respuesta al profesor de teología. Esto es, de lejos, el mejor regalo que me ha hecho un libro en toda la vida. Señor Jean Dominique Bauby, donde quiera que esté, quiero darle las gracias. Acaba de darme las palabras justas, hermosas, mi justificación, mi lema.
Así que helo aquí. El que no pueda entenderlo,
Mi nombre es Alejandra y necesito como el aire que respiro sentirme conmovida, amar y admirar.
Amén.
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