El buen recuerdo del peor recuerdo

A Karen,
por acordarse de las arepitas.
- Te acuerdas dónde quedaba la casa de mi papá? –me dijo mi hermana mientras dabamos una vuelta por el pueblito.
- No… - dije sinceramente.
- Quedaba por allá –dijo señalando algún punto al fondo
- La verdad yo no me acuerdo nada de este pueblo…
- Yo sí, ¿te acuerdas que una vez vinimos con David?
- Ay no, tampoco me acuerdo de eso… (:S) De hecho creo que la última vez que vine fue… -Miré a los ojos a mi hermana y ella lo supo. – Ese día….

Yo tenía doce años. Teníamos que ir a Anapoima por unas cosas de mi papá que aun estaban allá y como nosotros no teníamos un automóvil lo suficientemente grande como para cargar una cama, terminamos yendo con un amigo de mi papá que poseía una camioneta. Me parece que ni mi hermana ni yo queríamos ir pero mi mamá dijo algo como que era mejor que lo acompañáramos. Todavía me pregunto si fue buena idea. De pronto fue el inicio de un trauma. Tendría que decírmelo alguien que sepa más.
El caso es que terminamos empacadas en la camioneta con mi papá y otros dos o tres amigos de él de camino al pueblo. La ida fue un suplicio porque él empezó a beber cerveza: 1,2,3,4,5,6… ya hablaba de más y reía fuerte, 7,8,9,10… Catorce fue el número de la suerte. Yo las conté. En total bebió catorce asquerosas cervezas y para cuando estábamos en el pueblo ya llevaba la mirada totalmente perdida y casi no se podía parar. Después de recoger las cosas de la casa, fuimos a almorzar a algún sitio. No recuerdo cual, qué almorzamos o si el comió. Dudo mucho haberlo disfrutado. Solo recuerdo que al final él tenía que pagar la cuenta. No había modo, estaba escurrido en una silla totalmente incapaz de controlarse, casi inconsciente. Dejado a su suerte por sus “amigos”.
Era una escena verdaderamente patética y sentía tanta ira que quería llorar. Pero no lo hice. Me daba demasiada pena que la gente nos viera. No, no era culpa mía que él estuviera así, entonces ¿por qué me da pena si desde que me conozco carezco de pudor? Porque nadie quiere que le tengan lastima y yo no soportaba la idea de que la gente me viera en semejante circunstancia y pensara “pobrecita esa niña… con ese papá”. No gracias. Yo lo manejo. Yo solita puedo. Alejandra búscale la billetera, saca el dinero, cuéntalo y paga. Mi hermana también estaba ahí, pero hablo de mí en todo esto porque así es como me marcó. Doce cagados años. Ningún conocimiento útil de la vida y tenía que encargarme de pagar la cuenta porque el ebrio de mi padre no se encontraba en circunstancias de luchar contra la gravedad. Que desastre. Mi papá balbuceaba, tenía los ojos desorbitados, quien sabe en qué carajos estaba pensando. Y yo lo único que podía pensar era en las cervezas que había ingerido. Las conté, las vi desaparecer una por una entre su cuerpo. Las odié, las maldije. Maldije a los “amigos” de mi papá por patrocinarle el vicio. Maldije al universo por hacerme vivir eso en ese momento.
Recuerdo bien ese día, pero no recuerdo detalles. No recuerdo la salida de Bogotá, ni la llegada a Anapoima ni el restaurante, nada. Solo recuerdo que ese fue uno de los peores días de mi vida, si no el peor. Así que el fin de semana volví después de mucho tiempo y me acordé de ese día y de la espantosa sensación que me invadió. Pero bueno, esta vez fue distinto, no hubo excesos de alcohol, me gustó el pueblito, me gustó el clima, me gustó la comida y recuerdo muchos detalles. Aunque mi hermana recordaba algo más que yo:
- Esa vez vinimos a este restaurante.
- ¿Ah sí? (Carajo, mi cabeza como que suprimió todo lo que tiene que ver con este pueblo)
- No me acuerdo bien que comimos, pero me acuerdo del sitio porque las arepitas estaban deliciosas.

Eso fue lo que más me gustó de este paseo. La capacidad de mi hermana de recordar pequeños detalles, de haber recordado algo bueno de un día tan espantoso para las dos. Gracias por recordarme lo importante que es guardar un buen recuerdo de cada mal recuerdo… no necesariamente hace menos trágico lo malo, pero le brinda un toque al instante, como una especie de brillito en medio de la oscuridad. Pensándolo bien, mejor guardar un buen recuerdo de cada recuerdo… sí, tal vez eso ayude a que poco a poco, todos sean buenos recuerdos.

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