Humo
A ti: porque te lo debía. Aspiro profundamente. Fernanda me dice que lo retenga, pero no puedo. El humo me quema la garganta. Toso fuertemente y ella se ríe de mí. Es su turno: aspira con menos exageración que yo, retiene el humo un momento y luego lo bota. Repito el procedimiento tratando de imitarla. Después de 4 o 5 aspiradas empiezo a sentirme rara. Un calor repentino me incendia las manos. Me las miro como si acabara de descubrirlas. —¿Qué tal? — pregunta Fernanda en algún lugar de mi cabeza. La miro. De alguna forma ha viajado en segundos a 20 centímetros de mi cara. Sonreímos como niñitas traviesas. El ruido de unas llaves en la puerta nos saca de ese ensimismamiento silencioso. —Mierda, mi hermano — dice Fernanda saltando de la cama. Una fuerza poderosa me agarra de la mano y me arrastra por el pasillo. Suena un portazo y todo queda oscuro. —No veo nada— digo al son de una epifanía. Suena un clic que nos teletransporta al baño. Fernanda jadea y con el dedo me hace la seña unive...