Humo
A ti: porque te lo debía.
Aspiro profundamente. Fernanda me dice que lo retenga, pero no puedo. El humo me quema la garganta. Toso fuertemente y ella se ríe de mí. Es su turno: aspira con menos exageración que yo, retiene el humo un momento y luego lo bota. Repito el procedimiento tratando de imitarla. Después de 4 o 5 aspiradas empiezo a sentirme rara. Un calor repentino me incendia las manos. Me las miro como si acabara de descubrirlas.
—¿Qué tal? — pregunta Fernanda en algún lugar de mi cabeza. La miro. De alguna forma ha viajado en segundos a 20 centímetros de mi cara. Sonreímos como niñitas traviesas. El ruido de unas llaves en la puerta nos saca de ese ensimismamiento silencioso.
—Mierda, mi hermano — dice Fernanda saltando de la cama. Una fuerza poderosa me agarra de la mano y me arrastra por el pasillo. Suena un portazo y todo queda oscuro.
—No veo nada— digo al son de una epifanía. Suena un clic que nos teletransporta al baño. Fernanda jadea y con el dedo me hace la seña universal del silencio.
—¿Por qué estamos en el baño? — susurro.
—Fue lo primero que apareció— contesta y se encoge de hombros. Siento que las manos me gotean. Bajo la tapa del sanitario y me siento. Otro click y nos teletransportamos a la oscuridad.
—Dame la mano— le digo y extiendo un brazo esperando que me alcance. Una eternidad después, sus dedos encuentran los míos. Los aprieto con fuerza.
—Siento que estamos volando— dice Fernanda.
—Que suerte, volar es un privilegio de los pájaros— contesto.
—Y para arrebatárselo nos fumamos un porro.
—Yo puedo volar con solo mirarte.
Otra eternidad de silencio.
—¿Y a dónde vas? — pregunta
—A darte un beso— contesto, Fernanda se ríe.
—drogada te vuelves poeta— sentencia ella con lentitud.
— No, drogada hablo como pienso sobria.- corrijo.
— Que suerte, pensar así es un privilegio… de la gente mágica.- dice ella.
Ahora la que se ríe soy yo.
—¿Tu crees que soy mágica? —Pregunto
— Claro, si no lo creyera no estaría aquí contigo. —dice Fernanda como pensando en voz alta.
Me paro y enciendo la luz. Fernanda parpadea fastidiada sentada en una esquina del baño. Me parece escuchar olas de mar entre el rumor de la calle. Me escurro a su lado. Su mano cálida me recorre la cara. Me mira como si me estuviera viendo por primera o última vez. La mano de Zeus me empuja hacia ella. Las piernas se me funden como hierro caliente, tengo todo el cuerpo caliente. Nunca había tenido ganas de besar a una chica. Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien.
—¡Fernanda! —grita el hermano desde afuera —Abra una ventana antes de irse—. Suena un portazo lejano que nos manda de nuevo a la realidad y ella se pone de pie. El calor desciende de forma exponencial.
—Ups, creo que nos pillaron— me susurra mientras abre la puerta del baño para comprobar que estamos solas. Ya no importa, nuestro momento se ha derretido.
Aspiro profundamente. Fernanda me dice que lo retenga, pero no puedo. El humo me quema la garganta. Toso fuertemente y ella se ríe de mí. Es su turno: aspira con menos exageración que yo, retiene el humo un momento y luego lo bota. Repito el procedimiento tratando de imitarla. Después de 4 o 5 aspiradas empiezo a sentirme rara. Un calor repentino me incendia las manos. Me las miro como si acabara de descubrirlas.
—¿Qué tal? — pregunta Fernanda en algún lugar de mi cabeza. La miro. De alguna forma ha viajado en segundos a 20 centímetros de mi cara. Sonreímos como niñitas traviesas. El ruido de unas llaves en la puerta nos saca de ese ensimismamiento silencioso.
—Mierda, mi hermano — dice Fernanda saltando de la cama. Una fuerza poderosa me agarra de la mano y me arrastra por el pasillo. Suena un portazo y todo queda oscuro.
—No veo nada— digo al son de una epifanía. Suena un clic que nos teletransporta al baño. Fernanda jadea y con el dedo me hace la seña universal del silencio.
—¿Por qué estamos en el baño? — susurro.
—Fue lo primero que apareció— contesta y se encoge de hombros. Siento que las manos me gotean. Bajo la tapa del sanitario y me siento. Otro click y nos teletransportamos a la oscuridad.
—Dame la mano— le digo y extiendo un brazo esperando que me alcance. Una eternidad después, sus dedos encuentran los míos. Los aprieto con fuerza.
—Siento que estamos volando— dice Fernanda.
—Que suerte, volar es un privilegio de los pájaros— contesto.
—Y para arrebatárselo nos fumamos un porro.
—Yo puedo volar con solo mirarte.
Otra eternidad de silencio.
—¿Y a dónde vas? — pregunta
—A darte un beso— contesto, Fernanda se ríe.
—drogada te vuelves poeta— sentencia ella con lentitud.
— No, drogada hablo como pienso sobria.- corrijo.
— Que suerte, pensar así es un privilegio… de la gente mágica.- dice ella.
Ahora la que se ríe soy yo.
—¿Tu crees que soy mágica? —Pregunto
— Claro, si no lo creyera no estaría aquí contigo. —dice Fernanda como pensando en voz alta.
Me paro y enciendo la luz. Fernanda parpadea fastidiada sentada en una esquina del baño. Me parece escuchar olas de mar entre el rumor de la calle. Me escurro a su lado. Su mano cálida me recorre la cara. Me mira como si me estuviera viendo por primera o última vez. La mano de Zeus me empuja hacia ella. Las piernas se me funden como hierro caliente, tengo todo el cuerpo caliente. Nunca había tenido ganas de besar a una chica. Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien.
—¡Fernanda! —grita el hermano desde afuera —Abra una ventana antes de irse—. Suena un portazo lejano que nos manda de nuevo a la realidad y ella se pone de pie. El calor desciende de forma exponencial.
—Ups, creo que nos pillaron— me susurra mientras abre la puerta del baño para comprobar que estamos solas. Ya no importa, nuestro momento se ha derretido.
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