Jueves 10 de mayo de 2007.
Tenía dieciseis cagados años. Nunca me había emborrachado, odiaba la cerveza, pero había convivido de cerca con el alcohol por mucho tiempo. Era la fiesta de la facultad de mi hermana, la primera vez que ella iba y yo decidí acompañarla. Como era en Andrés carne de res, tocaba alquilar una van que nos llevara y nos devolviera a Bogotá. Íbamos con Daniel y Toño, en ese entonces los amigos más cercanos de mi hermana de la u, nosotras dos y no me acuerdo quien más. De camino al sitio, compraron una de esas cajitas de guaro, tal vez era Antioqueño, ya ni me acuerdo. Me tomé dos o tres copitas, el aguardiente nunca me ha gustado. Llegamos al sitio, yo estaba al borde de las lagrimas -literalmente- porque tenía que ir al baño y no me dejaban entrar a Andrés porque no me comían el cuento de que la cedula que llevaba (de mi hermana) fuera mía. No soportaba el dolor de vejiga, así que salí corriendo y me entré al primer baño que encontré. Al regresar, ya había otro tipo en la entrada, que me dejo entrar fácilmente.
La noche comenzó normal, bailábamos, el ambiente estaba muy bueno, resolvimos pedir ron y comenzamos a beber. No bebí tanto, pero como era la primera vez que lo hacía y encima ya había tomado guaro, obviamente me hizo efecto muy rápido. Cuando me empecé a sentir mareada, cogí mi celular y llamé a Santiago. Desde esa vez tomé la maldita maña de llamarlo cada que me emborrachaba, no sé con que fin, porque la mayoría de veces, no le decía nada relevante (salvo un par de bochornosas ocasiones). Era como si yo lo llamara para que el me confirmara mis sospechas: Mi estado ya no encajaba en el concepto de sobriedad.
La botella se iba consumiendo y yo comenzaba a sentirme muy mal. Bailaba, pero de repente me cansaba y me tiraba al piso. Según Daniel, yo parecía el conejito de energizer. Ya no quería bailar. Todo me daba demasiadas vueltas. Quería ir al baño y en el baño me miraba al espejo como hace uno cuando está borracho, como para comprobar si realmente se el nota en la cara. No podía caminar en línea recta, así que me llevaron un montón de agua y frutica y en esas me dio por confesarle a Toño que mi hermana y Daniel tenían algo, claro, mi hermana casi me mata. Luego me puse a llorar, decía que no quería terminar como mi papá. Trataban de calmarme, pero no hizo mucha falta, aquellos estados emocionales de la borrachera son tan efímeros que hacen parecer que en realidad uno es bipolar.
Recuerdo que Daniel me decía que bailará para que quemara el alcohol, me esforzaba pero sencillamente sentía que no podía –ni quería- mantenerme de pie. Así que me tiré al piso, sobre una columna y cerré los ojos. Deseaba con todas mis fuerzas bajarme de esa montaña rusa, que todo se detuviera. De repente, alguna profunda voz, que yo desconocía me habló. Solo me dijo que me levantara. No sé si fue el tono en que me lo dijo, pero me hizo sentir vergüenza, algo que junto con el pudor, en plena borrachera, pareciera escurrírsele a uno del cuerpo como aceite. Fue como si al decirme eso, hubiera colocado en mi cabeza la nítida imagen de lo lastimera que me veía ahí, tirada, a duras penas consciente del mundo o de mi misma. Como un tirón mágico me paré, pero alguien de logística ya se había dado cuenta de mi estado y resolvieron llevarme a la carpita de los borrachos.
La noche comenzó normal, bailábamos, el ambiente estaba muy bueno, resolvimos pedir ron y comenzamos a beber. No bebí tanto, pero como era la primera vez que lo hacía y encima ya había tomado guaro, obviamente me hizo efecto muy rápido. Cuando me empecé a sentir mareada, cogí mi celular y llamé a Santiago. Desde esa vez tomé la maldita maña de llamarlo cada que me emborrachaba, no sé con que fin, porque la mayoría de veces, no le decía nada relevante (salvo un par de bochornosas ocasiones). Era como si yo lo llamara para que el me confirmara mis sospechas: Mi estado ya no encajaba en el concepto de sobriedad.
La botella se iba consumiendo y yo comenzaba a sentirme muy mal. Bailaba, pero de repente me cansaba y me tiraba al piso. Según Daniel, yo parecía el conejito de energizer. Ya no quería bailar. Todo me daba demasiadas vueltas. Quería ir al baño y en el baño me miraba al espejo como hace uno cuando está borracho, como para comprobar si realmente se el nota en la cara. No podía caminar en línea recta, así que me llevaron un montón de agua y frutica y en esas me dio por confesarle a Toño que mi hermana y Daniel tenían algo, claro, mi hermana casi me mata. Luego me puse a llorar, decía que no quería terminar como mi papá. Trataban de calmarme, pero no hizo mucha falta, aquellos estados emocionales de la borrachera son tan efímeros que hacen parecer que en realidad uno es bipolar.
Recuerdo que Daniel me decía que bailará para que quemara el alcohol, me esforzaba pero sencillamente sentía que no podía –ni quería- mantenerme de pie. Así que me tiré al piso, sobre una columna y cerré los ojos. Deseaba con todas mis fuerzas bajarme de esa montaña rusa, que todo se detuviera. De repente, alguna profunda voz, que yo desconocía me habló. Solo me dijo que me levantara. No sé si fue el tono en que me lo dijo, pero me hizo sentir vergüenza, algo que junto con el pudor, en plena borrachera, pareciera escurrírsele a uno del cuerpo como aceite. Fue como si al decirme eso, hubiera colocado en mi cabeza la nítida imagen de lo lastimera que me veía ahí, tirada, a duras penas consciente del mundo o de mi misma. Como un tirón mágico me paré, pero alguien de logística ya se había dado cuenta de mi estado y resolvieron llevarme a la carpita de los borrachos.
El tipo, a quien nunca le vi la cara en parte porque todo lo que yo veía ya era un nauseabundo borrón de veinte mil colores (realmente la recargada decoración de Andrés no ayuda) y en parte porque resolvió pasarme los brazos debajo de las axilas e impulsarme desde atrás a través del laberinto repleto de gente, hacía la salida, atravesando la carretera y hacia una carpa que, por supuesto, ya estaba llena de gente sumida en la más absoluta inconsciencia. Dije que quería ir al baño y mi hermana me espero afuera. Entonces empecé a gritar que todo había sido culpa de Daniel, que el me había emborrachado. Claro, él gozaba mucho de beber y era el que me animaba a hacerlo y me llenaba el vaso siempre. -Karen- grité –¿donde queda Popayán?- (de donde era Daniel). Quedó demostrado que esa primera borrachera me había acabado un par de neuronas encargadas de recordar la geografía colombiana. Entre risas mi hermana me contestó –en Cauca-, a lo que siguió mi recién improvisado insulto a voz en grito –¡Maldito caucano!-.
En la carpita de los borrachos, que en realidad no se llamaba así, sino carpa de primeros auxilios, mi hermana me sentó en una silla alargada. Cerré los ojos y me dejé llevar hacía el lado, colocando mi mareada cabeza en el extremo de la silla del lado y dejando colgar mi brazo en una señal de cortocircuito. Escuchaba el eco de la música movida, sentía el frio de la noche erizarme mi piel, pero finalmente lo había conseguido, el mundo se había detenido.
Solo pasaron unos diez minutos, pero para mi fue suficiente, porque si hubiera sido un poco más seguramente no habría reaccionado a ninguna intento de despertarme más tarde. Me paré, el mareó se había reducido en una medida considerable y por lo menos podía aparentar que estaba sobria. Volvimos al sitio, la rumba ya estaba llegando a su fin. Nos sentamos en una mesa con otros compañeros de mi hermana a charlar un rato, hasta que nos montamos en la van y nos fuimos.
Dormí un par de horas, al otro día era viernes y yo tenia colegio. Me tocaba ir porque justo ese día me tocaba a mi hacer una oración ya que estábamos en mes mariano. Ni siquiera me bañé, sentía que seguía borracha. Obviamente mi cara reflejaba desastre. Todo el día me la pase como aletargada y bajo la fuerte impresión de que estaba soñando. Al llegar a mi casa, caí, dormí, dormí y dormí hasta la noche. Cuando miré mi celular, tenía muchas llamadas perdidas y mensajes de Santiago. Los primeros se burlaban del evento, pero los siguientes expresaban preocupación por mi ausencia de respuesta (había dejado el celu en la casa). Finalmente me reporté. Al parecer había sobrevivido mi primera borrachera.
El jueves 17 de junio volví a Andres carne de res, por primera vez desde aquella noche. Solo han pasado tres años, pero en realidad sentía tan lejanos todo esos recuerdos, pensaba que estaba tan lejos de esa Alejandra, que habian tantos rasgos de ella de los que me habia desprendido en este tiempo, muchas veces a la fuerza. No me gusta pensar en el hubiera, sé que es un absoluta perdida de tiempo, pero no pude evitar pensar "Si pudiera retroceder el tiempo..."
Jajaja me acuerdo de esto... creo que me reí bastante el día que me contaste esa historia. =D
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