Notas para un texto aún no escrito sobre mi infancia parte 5.

6. La casa de la señora Isabel.
Bueno, tanto como señora no era, era una mujer joven que mi mamá conoció en la escuelita. Vivía con su hijo en una casota súper vieja que todavía existe... queda como en la 11 con 79, en toda la esquina.
Yo tendría unos 4 años y mi hermana unos 7. Mi mamá, se hablaba con la señora porque ambas estaban en la asociación de padres y cuando tenían que discutir temas sobre eso, mi mamá iba a la casa de la señora y nos llevaba consigo.
Ni a mi hermana ni a mí nos gustaba la casa porque la verdad daba mucho miedo. Es la casa más oscura y tenebrosa en la que haya estado jamás... después de la casita del terror de salitre mágico. Aunque bueno, seguro mucho tiene que ver el hecho de que en ese entonces las cosas atemorizantes se veían el doble de atemorizantes y las cosas oscuras, el triple de oscuras. La verdad no sé porque era tan oscura la casa en ciertas partes, pero lo era y encima olía a guardado, era muy fría y estaba llena de cosas viejas e igual de tenebrosas.
Así que no nos gustaba mucho ir allá... pero la verdad éramos masoquistas. Resulta que en la casa, cuya distribución exacta no recuerdo, había una especie de corredor que daba a unas escaleras supremamente oscuras y que terminaban en una reja que daba otro corredor que llevaba finalmente a la luz.
Recuerdo que antes de la escalera había una especie de maza, una gran bola metálica llena de púas y colgada de una cadena, un instrumento de tortura, que según me informa Wikipedia se llama Lucero del Alba, aunque el llamado mangual también se parece… en mi cabeza dicha arma era mucho más grande de lo que aparecen en esas imágenes, pero bueno pudo haber sido mi imaginación (de todas formas yo a los cuatro años todavía creía que Freddy Krueger vivía debajo de mi cama). Pero igual, si les digo que la casa era oscura y encima había un mazo, díganme si ya con eso no suena a calabozo.
El caso es que mi hermana y yo nos retábamos a bajar por las dichosas escaleras hasta el otro lado y aunque me moría de miedo imaginando que al otro lado de la reja habría un monstruo, lo hacía, pasaba el corredor, miraba temerosa el bendito mazo y bajaba corriendo por las escaleras tratando de no pensar. En ocasiones la reja no estaba abierta y a uno le tocaba emprender de nuevo el regreso por la escalera, lo cual implicaba unos segundos de más siendo presa del miedo. Por supuesto, la incertidumbre de si estaría abierta o no la reja, hacía aún más emocionante el reto.
Total que como siempre, no recuerdo mayor cosa de la casa, ni muchos detalles, pero recuerdo que pasar por esas escaleras me mataba todas las lombrices... pero era una sensación tan divertida…

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