Perfecto, todo y nada

Ayer quería todo. Y todo iba a ser porque yo lo había planeado, porque estaba segura de que me iba a salir perfecto. Ayer tenía invitados exclusivos, ponqué perfecto, vestido hermoso, música, comida, flores, todo. Lo tenía todo. Y me pase todo el día contándole a todo el mundo como era absolutamente perfecto todo lo que yo tenía. Y hablaba con seguridad de lo perfecto que me iba a salir todo, porque había sido la más de buenas. Había sido suertuda con las flores, con el sitio, con todo. No me había tocado pelear nada, cada cosa iba encajando perfecto. Azucena me llamaba cada cinco minutos para decirme que cada cosa estaba en su lugar, que en efecto, todo sería como lo habíamos planeado. Y yo le creí porque ella es la indicada para esas cosas, porque cuando ella le ayuda a uno no hay forma de que un evento salga mal. Ayer todo el mundo me gritaba desde el otro lado de la plaza por mi apellido y yo volteaba y hacía señas positivas con ambos pulgares y en un momento casi grito “fuck yes” cuando Miguel Fontalvo le dijo a sus amigos que iba a estar increíble la fiesta. Ayer me fui a la cama con una sonrisa de bótox pegada a la cara, con una felicidad totalmente irremovible. Y seguí pensando en mi cabeza que todo era perfecto, sencillamente perfecto.
Y resulta que esta mañana ya no quería nada. Me desperté e hice mala cara, porque me di cuenta que el ponqué iba a ser demasiado dulce, que el vestido era de un azul muy pálido y me iba a ver horrenda, que la música iba a aburrir a todo el mundo, que la comida iba a desagradar a más de uno, en fin, que nada era apropiado, que todo había sido la peor escogencia de la historia y todo por pedirle a Azucena… Me llamaron a hablarme de las flores y dije que las cancelaran, que las rosas blancas me parecían de entierro y que los claveles se me antojaban muy populares, todo el mundo usa claveles. Le dije al DJ que mejor cambiara la música, que yo no sabía como se me había podido ocurrir una lista musical tan mala, tan jarta, tan aburrida. Que escogiera él, porque yo tenía el peor gusto. Ya no quise ponqué de chocolate, ¿chocolate? ¿Qué estaba pensando yo? ¿que sería una fiesta de 6 años? No quise ni probarme el vestido, sabía que me iba a ver horrenda y no quería deprimirme más. Finalmente lloré. No quería nada, porque nada me iba a salir bien, todo sería un desastre, ya no estaba convencida de que sería perfecto, ya ni siquiera sabía de donde había sacado semejante idea tan ridícula.
Ya no quiero fiesta, ya no quiero cumplir años, no quiero ponqué, invitados, música, vestido, rumba, invitaciones, nada. No quiero nada si no estas tú.

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