De mi dedushka, la vejez y la impaciencia.

Lo raro de esto es que necesita escribirse... pero no sabe por donde empezarse a escribir. Tal vez valga la pena comenzar diciendo que mi familia materna es un matriarcado, sí, somos un montón de viejas, viejas berracas, de temperamento y buenas recochadoras, con el corazón grande, bien pisoteado pero grande. Pero, por supuesto, esas cualidades no serían posibles en nosotras de no haber sido por alguien que nos enseñó a luchar. Mi abuelito, Fabio Díaz. Yo no me sé la historia completa de él, pero sé que mi mamá lo admira a un punto que jamás podre comprender del todo.
Sé que sufrió mucho, que cometió muchos errores, que tuvo ocho hijos con mi abuelita, que vivió en la calle, que no fue nadie, que le gusta gastarse la plata en grabadoras y DVD´s, que habla más de la cuenta con desconocidos y que le encanta glotonear. Que afortunadamente tuvo el don de la palabra y la suerte de cruzarse con la gente indicada en la vida. Como por ejemplo un catalán que le enseño el villancico catalán que cantamos todas las navidades o los abogados que le permitieron situarse lo suficientemente bien como para jubilarse con una muy buena pensión. Que canta tangos como ninguno y de ahí viene nuestro talento musical. Porque fue este señor el que me pasó el gen de la melomanía y muy seguramente el buen oído para cantar, que se completó con el otro buen oído para imitar que me pasó mi papá. Que al parecer de joven no se quedaba quieto y la genética tuvo la brillante idea de heredarle eso a mi querida madre, que Dios santo, uno no sabe de donde saca tanta energía. Que tenía un temperamento tremendo, que mandaba todo el mundo a esconderse cuando se ponía bravo. Que no soportaba a Gloria Valencia de Castaño y que acuñó groserías como “juepadre” y “juemaquina” (bueno no me consta que las haya acuñado él mismo, pero no se las he oído a nadie más). He escuchado un número infinito de veces las historias de cuando eran súper pobres y él sacaba a todas mis tías al parque y les gastaba una paleta o alguna cosa, gracias a lo cual, mi mamá tiene buenos recuerdos de los domingos.
Ha estado muy enfermito, pero afortunadamente ya está mejor. Hoy fui a visitarlo y como tiene lapsus de memoria, se la pasa preguntando por mi abuelita, que estaba en la casa. "Díganle a su mamá (le decía a mi tía) que la hecho mucho de menos". Y tenía frío en la calvita porque no le habían traído su gorrito. Yo lo miraba... pensaba en la grandeza de la juventud y en la ironía de la vejez, en que me daba miedo llegar a vieja y olvidarme de mis propias cosas, sentirme sola y andar preguntando por la gente que no me visita, o padecer demencia senil como mi abuelita paterna; en lo fríos que son los hospitales y en lo corta que es la vida. La verdad, todo eso me provoca una sensación cercana al síncope y una pensadera insoportable. Afortunadamente llegó una muy amable enfermera a cuidar a mi abuelito por la noche, cuando entró me di cuenta que tenía muy limpia el aura y mientras le daba la gelatina a mí abuelito me sentí aliviada. Gracias a Dios existe gente con una vocación de esas, con tanto amor para los viejitos.
Creo que tengo ganas de llorar y no sé bien por qué. Tranquila Alejandra, todavía te falta tiempo para tener que pensar en esas cosas. No puedo evitarlo, es esa impaciencia por el futuro que se me monta encima como mico cuando suceden estas cosas y en especial desde que cumplí años. (suspiro) Carpe Diem muchachita… Carpe Diem.

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