La mayoría del tiempo...

Fue el día de uno de esos berrinches tuyos. Esos con los que hay que tenerte el triple de paciencia que de costumbre y que ni tú misma te aguantas. Ese día todo te estaba saliendo patas arribas y para colmo, un carro pasó por un charquito cerca tuyo y mejor dicho, que escena la que armas en plena calle. Íbamos para la casa, yo callado asintiendo a todo lo que decías y tú despotricando del mundo entero, alzando puños al cielo, queriendo reventarlos a todos, haciendo de cuenta que yo no estaba ahí para consolarte. Se te había corrido el maquillaje de tanto llorar y ahora, te escurrían lagrimas negras por las mejillas, tenías los ojos hinchados y la nariz roja cual Rodolfo el Reno; siempre odiaba verte llorar, pero esa naricita roja le traía un poco de gracia a mi vida cada vez que aparecía. Como siempre malo si sí, malo si no, callé demasiado tiempo y tú resolviste hartarte de mis silencios.
-Bueno ¿y es que no vas a decir nada? me dijiste parándote en seco,
-Hermosa ¿qué quieres que te diga?
Alzaste la mirada al cielo y como si no me hubieras oído te quejaste de lo fea que te veías cuando llorabas.
-Entonces no llores más, te dije en el tono más pacífico que se me pudo ocurrir, y ahí si fue que la embarré. Empezaste a gritarme cosas sobre lo poco que tomaba en serio las cosas malas que te pasaban, que nada me importaba, que todo para mí era un chiste. ¿Y qué hago mi vida? ¿Nos ponemos a llorar los dos por tus dramas? Alguno de los dos tiene que alzar los ojos, que seguir caminando, que dejar la maricada.
-Es que tu no me entiendes, fue lo siguiente que me dijiste en el mejor tono de réplica que sabes hacer y que me obligan a tomar una bocanada de aire para mantener la compostura.
-Llevo 15 meses tratando de entender que es lo que te pasa, proferí lentamente, casi en un susurro.
-¿Sabes qué? déjame aquí, solo déjame aquí, me dijiste enfatizando los espacios entre cada palabra con las manos.
Suspiré y empecé a caminar. Ya no me molestaban tanto tus berrinches, pero me seguía desesperando que tú te hicieras la loca, que no vieras que yo seguía ahí, a tu lado. Por un momento, avancé con todo el ímpetu que pudo conseguirme la impaciencia, me habías sacado de quicio mi niña y eso no se alcanza fácil.
Habría dado unos veinte pasos, cuando me detuve y gire. Tú seguías allí llorando silenciosamente, mirando algún punto entre tus zapatos embarrados. Caminé hacia a ti, te tomé de la mano y retomé la marcha.
-No seas boba, no te voy a dejar aquí, dije. No pusiste resistencia, caminabas junto a mí, sollozando más calmada.
-¿Me amas?, preguntaste con voz de niñita consentida.
Tengo que amarte mucho Azucena, tengo que amarte mucho.
Diciembre 1 de 2009. 7: 16 pm

Comentarios

Entradas populares de este blog

Montañita

Humo

La dicha de haberse quedado