Bitácora saturnina II: la temida adultez



Me daba pereza la adultez. Me sonaba a algo muy aburrido y limitante. Me sonaba a una jaula que convierte a las personas en seres que actúan por pura inercia, seres que no sueñan o no tienen ganas de hacerlo. Seres grises inmersos en una rutina que los lleva a todos exactamente por los mismos hitos: casarse, tener hijos, trabajar 30 años en una empresa, pensionarse. Gente que tiene que saber el orden de las cosas, que sabe exactamente qué quiere de la vida además de dónde y cómo hacer todo tipo de diligencias económicas, legales y burocráticas, y que además se ve obligada a desperdiciar buena parte de su tiempo en ejecutar esas diligencias. Gente sin emoción, gente ordinaria, repetitiva. Gente hecha en masa en una fábrica.

Por supuesto, yo nunca he querido ser ese tipo de persona. ¿Quién querría algo así? Pero ahora que me asomo a ese lugar o momento llamado "adultez", me doy cuenta de que en realidad, no es tan grave. Hay cosas aburridas, sí, no nos vamos a engañar. Las diligencias burocráticas por ejemplo, son aburridísimas, pero nadie se ha muerto por tener que hacer eso, afortunadamente.

Hay cosas divertidas, como tener tu propio dinero y hacer con él (más o menos) lo que te plazca: salir a comer a un restaurante elegante o ir a comprar sal rosada del Himalaya porque sí. Tienes más libertad, pero paradójicamente eso te da más responsabilidad. Y aunque puedas acostarte a cualquier hora, no lo haces porque necesitas descansar para ser un adulto funcional que paga servicios e impuestos, que vota, que lava la ropa, etc.

Curiosamente, ser adulto no significa sabérselas todas. De hecho, implica saberse más ignorante en cuanto a algunas cosas, aunque al menos uno ya sabe qué es lo que NO quiere y tiene más herramientas para averiguar lo que sí quiere. Uno ya ha recorrido un poco el camino. Ya se ha hecho algunos raspones y ha comprobado que es posible sobrevivir a un corazón roto.

Convertirse en adulto resulta un proceso similar al de la adolescencia, un proceso de transformación en el que adquieres la última responsabilidad sobre ti mismo. Tienes que resolver cosas sobre ti, sobre tu vida. Con la diferencia de que ahora es todo más crítico. Todo tiene consecuencias serias en el largo plazo. Si haces un posgrado en esto o lo otro, si ahorras o no, si te gastas la plata en una cosa u otra, si haces un mal negocio, si te casas, si no te casas, si decides tener hijos o no, si te independizas, si sigues consumiendo tanto sodio y no te cuidas de la hipertensión, si te cuidas ese dolor de rodilla, si dejas el cigarrillo o no...

Ser adulto, de alguna manera, es empezar a convertirse en los propios padres y decirse a sí mismo, que ya es hora de dejar de ver televisión a la 1 am porque mañana hay que ir a la escuela, mientras por dentro, la voz interior que se rehúsa dice "ay, que molesto, quisiera ser niño otra vez". Lo curioso es que, a medida que te vas convirtiendo en tus propios padres, entiendes que no te decían nada de eso por arruinarte la vida. Lo hacían todo por tu propio bien.

Le tengo cierto miedo (y pereza) a Saturno por todo lo anterior. Pero la voz de Saturno me dice "es por tu propio bien" y entiendo que tiene razón. Que en 3 años, cuando termine este proceso, estaré agradecida por haberlo escuchado.

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