Gusano de tierra


-¿Por qué me está pasando esto?- Le pregunté a mi mamá con la cara bañada en lágrimas, apenas un par de semanas después de la cirugía.

Mi mamá, más allá de un poderoso abrazo de madre, no tenía respuesta a esa pregunta.

Tampoco la tenían los médicos, pues que una persona de 26 años en perfecto estado de salud y sin signos de enfermedad reumática resultara con un diagnóstico tan raro como condromatosis sinovial, es un absoluto enigma médico.

No hay respuestas. Medicamente, fue que me “tocó”.

¿Fue emocional? ¿Psicológico? ¿Una lección del universo? No sé. Nunca lo voy a saber.

Pero sé un par de cosas.

Sé qué vivir con dolor es horrible y es algo que no le deseo a nadie. Es algo que te vuelve malhumorado y amargado para muchas cosas. Nadie debería acostumbrarse a vivir con dolor de poder evitarlo.


Un día, hace dos años, me empezó un dolor, y yo, de pensar que simplemente se me “pasaría” lo ignoré por meses. Luego fui al médico. Radiografía. “Usted tiene una rodilla sana”. “Pero entonces por qué me duele?". “Fisioterapia, diez sesiones”. La fisioterapia no resolvió nada y de hecho evidenció que el dolor era más agudo de lo que pensaba.

Me gané una beca para estudiar en otro país. Pero todavía me dolía la rodilla.

“Resonancia magnética”. Resultados: “aumento de líquido intraarticular y lesiones condrales”, en castellano, tenía lesiones del cartílago y líquido, sin causa aparente. Unos análisis de sangre dijeron que tenía unos anticuerpos positivos. Eso no era concluyente, habían varias razones por las que esa cifra pudo dar positivo.

El doctor me miró resignado. Yo viajaba al día siguiente. No había más que hacer por el momento más allá de esperar que el líquido se reabsorbiera solo.

Nos fuimos a España, mi dolor de rodilla y yo. A viajar, a estudiar, a estar sola, a aprender, a conocer nuevas personas. A hacer todas esas cosas con un dolor en la rodilla que siempre estaba ahí. Siempre. A veces amainaba, a veces empeoraba en forma de un horrible calambre cuando apoyaba la pierna.

No me pregunten cómo viajé lo que viajé y anduve lo que anduve con ese dolor, porque la verdad es que no lo sé. Me acostumbré a él. A que estuviera siempre ahí. En cada paso. Y en cada intento de moverme en la cama mientras dormía.

Miraba a la gente correr y me daba envidia. A mí me gustaba correr antes en el gimnasio. Me gustaba la adrenalina, las endorfinas, la sensación de estar vivo.

No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.

En España me hicieron más pruebas de sangre. Los anticuerpos eran positivos, pero todo lo demás era normal. No había nada que probara una enfermedad reumática o autoinmune. Nada. “Tome antiinflamatorios por tres meses”

En esos tres meses, lo mismo. Días de poco dolor, y otros en que la rodilla amanecía bloqueada.

Vi a un ortopedista que no me cayó bien y otra resonancia magnética después, me dijo que yo necesitaba cirugía para hacer una biopsia de unos “cuerpos libres” (bolitas no identificadas) que rondaban mi rodilla como si fueran arándanos.. “No llores por eso, con la cirugía vas a quedar bien”. Me caga esos médicos que hablan como si uno fuera un objeto defectuoso, antes que un ser humano.

Yo me dejaba de llamar Alejandra antes de dejar que me operara ese médico a 8.000 kms de mi casa.

Volví, volví al médico de siempre con la esperanza de que me dijera que lo de la cirugía era absurdo y que había otra solución al problema. Miró la resonancia, no parecía muy esperanzado.

“Sí hay que operar, pero primero hay que averiguar por qué y si esas bolitas son de cartílago o de hueso”.

Yo solo lloraba como Magdalena. Él doctor me miraba impotente. “Pero no es nada malo, no te asustes”.

Bueno, doctor, cuando ud sea una mujer de 26 años en perfecto estado de salud, que de forma repentina y sin causa lógica empieza a perder movilidad y a vivir con dolor, se repite esa misma frase, listo?

TAC. Ya me acostumbré a estar acostada completamente inmóvil en una máquina que hace más ruido que un taladro.

Vi a una reumatóloga que ordenó más exámenes de laboratorio. No había nada, pero curiosamente los anticuerpos habían salido negativos por primera vez en año y medio. Ella me dijo que no había causa para lo mío, que solo quedaba operar.

Él médico quería llegar a la raíz del asunto, pero por el momento no había ninguna raíz visible. Por fin, ordenó la cirugía.

Cómo muchas cosas imprevistas que me pasan en la vida, me llamaron una semana antes de la cita programada para decirme que si podían operarme al día siguiente. Pues sí, pues claro, yo solo quería salir de eso ahí mismo.

Ese día hice chistes. Tenía el corazón roto porque una semana antes había terminado mi relación, pero yo hacía chistes. Le dije al anestesiólogo que la anestesia era un gran invento, que no imaginaba lo espantoso que debía ser una cirugía en la edad media.

Me chuzó la espalda. Me enterró una aguja, “muy delgadita” según él, que me dolió mucho menos que la cánula de la mano.

Me puso una cosa fría en el torso. Debajo de la cintura ya no sentía nada. Vi cómo agarraban mi pierna, que parecía un costal de papas completamente ajeno a mí. Como si me la hubieran cortado. Horrible. Me ardió la mano. “Es el whisky para que duerma”. Miré hacia arriba, ahí estaba el círculo de luz de todas las películas y series de medicina que había visto. Y yo estaba ahí debajo, por primera vez en la vida.

Desperté dos horas después, medio borracha, con oxigeno en la nariz y pidiendo que pusieran salsa, porque obvio, esa era la cosa sensata para pedir en ese momento.

Pedí que me dejaran ver las bolitas. Me dijeron que eran muchas, como 70. Eran blancas y pequeñitas, como arroces, pero redondas.

Horas después me llevaron a casa. Estuve cuatro días quieta, acostada y con unas migrañas espantosas por la anestesia. Pidiendo que me llevaran todo a la cama. Con eso me gané una atrofia de cuádriceps que todavía estoy tratando de corregir.

Luego vinieron las muletas, los paños de caléndula, ducharme sentada en una silla, la falta de estabilidad de la pierna, el bastón y 30 sesiones de fisioterapia. 

Y llorar, llorar mucho.

La recuperación es lenta. Exige paciencia. Un día te das cuenta que puedes estirar un poquito más, doblar un poquito más. Un día ya puedes subir escaleras sin que duela y celebras. Claro que celebras. Es un logro. Tienes que volver a enseñarle las cosas a tu cuerpo. A moverse, a caminar, a sostenerse, a mantener el equilibrio.

Hice todo eso.

 Y aquí estoy.

“Has sido muy valiente”, me dijo mi mamá mientras yo lloraba. Y yo pensaba que no, que me sentía como un gusano de tierra que se revolcaba en el suelo, del dolor, del miedo, de la impotencia, de la incertidumbre, del despecho.

Ahora que escribo esto me doy cuenta de que mamá tiene razón. Porque ningún “gusano” hubiera podido aguantar todo esto y estar hoy contando esta historia.

Siempre eres más fuerte de lo que crees.

*

Visité la Casa de Frida Kahlo en México y vi su cama, su estudio, algunas de sus pinturas. Una pequeña parte de su dolor. No voy a comparar mi historia con la de Frida , pero en ese lugar, creo, la entendí más que nunca. Ese lugar me habló y me dijo que de una experiencia tan personal y difícil como el dolor, también se puede hacer arte. Ella misma pintaba sus corsés porque si uno no le pone algo de color o arte a su propia miseria, nadie lo va a hacer. Y porque es la única forma de mantener la cordura en esos casos.

Así que me senté a escribirlo, porque es lo que mejor me sale del alma.

Gracias Frida por compartir tu dolor… y por impulsarme a hacer esto. Gracias al que haya leído esto hasta el final. Gracias a todas las personas que de alguna manera me brindaron algo de luz en estos meses. Sin amor no se hace nada en la vida, mucho menos salir de un agujero negro.

Más lágrimas. No de incertidumbre, sino de catarsis.

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