Notas al pie para un texto aún no escrito sobre mi infancia Part 6

(A quienes me reclaman que no había escrito, pido disculpas y trato de redimirme con un recuerdo.)

7. El pastelito de la San Marcos:
Cuando yo era niña me llevaban dónde una odontóloga amiga de mi mamá cuya oficina quedaba en la trece con 38. Fui paciente de ella como hasta los nueve años, cuando me fui a Manizales y cambié de odontólogo.
Recuerdo que la ida hasta el consultorio me parecía un paseo eterno. No me molestaba, pues no recuerdo tener miedo de la odontología, a excepción de alguna que otra vez que habría sacada de dientes fija, nada lo suficientemente grave para marcarme.
Aparte del paseo, tengo muy fijo el olor del sitio, eso sí es suficiente para marcarlo a uno: quién de ustedes no reconoce con presición el olor de una odontología? Por favor, todos lo sabemos bien... y no hablemos del dichoso sonido de la fresa, tan poderoso para generarle a uno un ataque de nervios en plena sala de espera.
En ese consultorio recuerdo haber aprendido una palabra (digánme que tan ñoño hay que ser para recordar el día en que uno aprendió una palabra): Rompecabezas. La aprendí porque me obsequiaron uno amarillo, de fichas grandes y con algún mensaje en vez de un dibujo, aunque no lo recuerdo con exactitud. Me pareció una palabra extremadamente divertida, una palabra compuesta y sencilla que anuncia en sentido figurado el fin del objeto: romperle la cabeza a alguien.
En realidad, el punto más importante de todo esto es un evento grastronómico. Resulta que al salir de la odontología a veces pasábamos por la San Marcos y mi mamá nos gastaba algo. Lo cierto era que yo solo quería que me dieran una cosa: un hermoso y diminuto pastelito cubierto con pastillaje y decorado con una figura dorada. No puedo describir con qué tipo de arrobamiento yo contemplaba el dichoso pastelito en la vitrina y deseaba con todas mis fuerzas tenerlo en mis manos. Mi mamá no me lo compraba, probablemente por ser puro azucar y la posibilidad de que fuera a posarse en mis muelas de leche justo después de haber salido de la odontología. No me acuerdo.
De hecho una vez sí me lo compraron y apuesto que fui la niña más feliz de todo el universo, pero no realmente por el sabor del pastelito, cuya improbable exquisitex no generó recordación alguna, sino por el mero hecho de tener aquel trofeo en mis manos. No sé porque era tan precioso a mis ojos, pero yo vivía literalmente fascinada cada que pasaba por esa vitrina y no se me hacía agua la boca, sino todo el deseo, porque yo sentía que aquel pequeño objeto, era todo lo que yo podía desear en aquel momento.
Siempre he sentido que los placeres que hacen felices a los seres humanos son a veces muy tontos, casi insulsos para los demás. Nadie podría entenderlo, pero es así, hay cosas tan simples y pequeñas que regalan momentos de dicha innombrable.
Claro y que también es muy fácil ser feliz cuando se es niño.

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