La boca partida

Laura era de esas mujeres hermosas y mañosas. Era de esas mujeres que no son excesivamente bonitas físicamente, pero que por no usar una gota de maquillaje tienen la gracia de un rostro sencillito y eso les da cierta belleza hecha de frescura. Laura tenía una sonrisa hermosa, creo que eso era lo que más me gustaba de ella. Tenía esa forma de hablar siempre de manera que pareciera estar articulando una sonrisa con cada palabra y por eso me costaba mucho imaginarla de mal genio. Laura era igual de alta que yo, ni muy flaca, ni gorda, se vestía de blanco y todos los viernes se ponía sandalias.
Yo no sé si ella sabía que me gustaba. Yo trataba de no ser tan obvio, de no hostigarla como hacían los otros babosos de psicología. La pobre tenía que aguantarse todos los días a algún imbécil lagarteandola insistentemente. Ella solo se reía. A mí me daban ganas de darles una patada a todos. Lo habría hecho si ella me lo hubiera pedido.
El caso es que Laura era bonita, graciosa e inteligente. A mí me gustaba, pero así como me gustaba, me sacaba de quicio con esa maña que tenía de comer limón con sal como boba. Siempre que salíamos a algún sitio, tomáramos lo que tomáramos, teníamos que pedir para ella sola dos porciones de limón y un poquito de sal. Y ella se los comía todos. Como si no hubiera mañana, como si fuera el placer más exquisito de la vida y sobretodo, como si el cítrico no le molestara. Yo no lo entendía. Estaba seguro de que la única persona capaz de hacer eso era ella.
Todos los del grupo ya habían abandonado la esperanza de que fuera una maña pasajera, pues aún en tercer semestre ella seguía con el mismo cuento.
- Carajo, Laura, ¿cuál es la maricada con los limones? - Le decía Pacho
- Ay yo a ustedes no los critico por tomarse tres litros de ron cada ocho días, no me molesten. - decía en mueca de sonrisa.
- No joda Laura, que yo no sé como no te da una gastritis ni la más ... - le decía el costeño
Yo, por mi parte, nunca la interrogaba al respecto, ni la criticaba ni hacía comentarios con los demás, pero la verdad era que ese interés suyo, me volvía loco. Al final, no sabía si estaba más obsesionada ella con el limón y la sal o yo con ella y esa maña. Un día, no me aguanté más y tuve que preguntarle algo que me inquietaba desde hacía tiempo.
- ¿No se te parte la boca? - le dije mientras ella chupaba un casquito de limón bajo la luz azulosa de una discoteca en la 85.
- Para eso me hecho chaspstick - y se sacó del bolsillito del jean una barrita de labios medicada, solucionando así, mi duda.
Laura comía limón con sal, y cuando terminaba se ponía a bailar, posaba para las fotos y se reía, como cualquier otra niña en su lugar. Solo que para ella era vital dedicarse a comer limones antes de hacer otra cosa en cualquier reunión social en la que nos encontráramos.

La dichosa suerte se apiadó de mí el día del cumpleaños de Jorge Calle, que celebramos con asado en la casa de Camilo (que era la más grande y cuyos dueños tenían menos problemas en acogernos). Esa noche llegué temprano y cuando llegué Laura ya estaba ahí. Tenía puesta una blusita blanca de encaje, un jean negro y sandalias. De nuevo la sonrisa entrevista al hablar, la nariz arrugada ante el olor del adobo que estábamos improvisando y la voluntad de ayudar a un cuarteto de inexpertos cocineros con la carne.
Después de eso me pidió que la acompañara a comprar limones a la tienda de la esquina. Volvimos a la casa, dónde ya estaban las otras niñas y empezó a cortar seis limones con un cuchillo. La miré picar cada fruto y luego con un movimiento rápido sentarse en el mesón de la cocina a devorárselos, junto con un tarrito de refisal que había llevado en el bolso. Y como la conversación se volvió muy de niñas (¿sí supiste lo que me dijo ayer Juanita por msn?) decidí irme a ver como iba el asado.
Como Jorge era el cumpleañero, antes de las 11 ya estaba más borracho que quien sabe qué y tuvimos que verlo vomitar dos veces antes de que accediera a dormirse un rato en el sofá. Nos tomamos unas cervezas, hablamos mierda, nos reímos y a la media hora volvió Jorge recargado, alegando que no se quería quedar sin probar la carne. Adentro escuchaba a Laura y a sus amigas, que de vez en cuando se integraban con nosotros para robarse un pedacito de carne, a reírse de nuestros chistes, alegar que afuera estaba haciendo demasiado frío y llevarle cervezas a las de adentro.
Pasadas dos horas, me di cuenta que Laura era la única que no había salido de la cocina y cuando sus precoces amigas salieron a fumarse un cigarrillo, decidí ir a buscarla.
Adentro, encontré a Laura en el mismo sitio donde la había dejado, sentada en el mesón de la cocina, con el platico vacio y haciendo una cara de dolor extremo. Me acerqué preocupado y le pregunté que tenía.
- Tengo la boca toda partida - me dijo en un puchero.
- y el chaspstick?
- no sé, no lo encuentro.
- mmm...
- me duele mucho - y trató de tocarse la boca con los dedos.
- Déjame ver. - dije con expresión seria. Me acerqué a su boca y en efecto, noté como diminutas hebras de sangre cruzaban los surcos de sus labios. Pensé que era la primera vez que me parecía sexy la sangre en la boca de alguien y me dieron muchas ganas de besarla. Ella se quedó muy quieta y yo me aparté. Miré alrededor en busca de algo que me pudiera ayudar y entonces, vi un tarro de miel en una de las alacenas y se me ocurrió una idea: me puse un poco de miel en el dedo y ante su mirada atónita, lo esparcí lentamente por sus labios, acercándome cada vez más... Y la besé. La besé y me supo a gloria, a gloria acida y a miel, a lo mucho que me gustaba, a la imagen de sus labios rojos, a gloria.

Laura era de esas mujeres hermosas y mañosas. Era graciosa e inteligente. Se vestía de blanco y los viernes usaba sandalias. Tenía la insoportable maña de comer limones con sal como si no hubiera mañana. Daba besos que sabían a gloria y yo estaba seguro que ella era la única persona capaz de hacer esas dos cosas tan bien.

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