Miss self-suficient
"No sé por qué me sorprende" Me decía yo cada vez que me decepcionaba. Que entre lágrimas me daba cuenta otra vez que yo sencillamente no podía contar con él. No sabía por qué cada vez me empeñaba en creer que la primera persona que debería estar ahí para mí cuando yo lo necesitara haría precisamente eso. No aparecía. Sus constantes desplantes crearon en mí una masa de rencor, que a fuerza devino en una marcada autosuficiencia. No me gustaba pedir ayuda, aún a veces no lo hago si me doy cuenta que puedo hacer las cosas yo misma, pero antes no lo hacía, de alguna forma mi rabia me hizo volverme así.
El día del trasteo pretendía desarmar una biblioteca yo sola, pero él se dio cuenta y me ayudó. Las camas si las desarmé yo sola. Enrollé los colchones y los amarré bien fuerte con cabuya, los arrastré escaleras abajo sacando de mis brazos la fuerza que a los 14 años y medio no tenía. Por la noche, el dolor en cada uno de mis músculos era insoportable. Me había desmandado.
Sí, yo sé que uno siempre necesita ayuda y yo no tengo problema en pedirla, o en pedir favores, porque a diferencia de él, he aprendido que no tiene nada de malo abrirse a los demás y reconocer que uno necesita un puto abrazo porque está destrozado por dentro. Con el tiempo escarbé hasta el fondo para sacar de mí esa rabia, esa decepción y esa lastima. De alguna forma lo compadezco, porque sé que yo no soy nadie para juzgarlo y que no puedo entrever a un ser humano sin comprender la historia que lo hizo así.
Sin embargo, esas decepciones y ese dolor de brazos hacen parte de mí, de lo que yo también soy. Una vez más me llama y me cancela la cita, está borracho. "No sé por qué me sorprende” Miro al techo y no puedo evitar un flashback del pasado, porque hace rato no me cancelaba. Ya no me molesta, la verdad ni siquiera me preocupa, pero como siempre, sigue haciendo parte de mí. ¿Será que él alguna vez se sintió así?
Los moralistas insisten en juzgarlo a uno. No se saben ni la mitad de la historia. Yo tampoco, por eso no hablo.
El día del trasteo pretendía desarmar una biblioteca yo sola, pero él se dio cuenta y me ayudó. Las camas si las desarmé yo sola. Enrollé los colchones y los amarré bien fuerte con cabuya, los arrastré escaleras abajo sacando de mis brazos la fuerza que a los 14 años y medio no tenía. Por la noche, el dolor en cada uno de mis músculos era insoportable. Me había desmandado.
Sí, yo sé que uno siempre necesita ayuda y yo no tengo problema en pedirla, o en pedir favores, porque a diferencia de él, he aprendido que no tiene nada de malo abrirse a los demás y reconocer que uno necesita un puto abrazo porque está destrozado por dentro. Con el tiempo escarbé hasta el fondo para sacar de mí esa rabia, esa decepción y esa lastima. De alguna forma lo compadezco, porque sé que yo no soy nadie para juzgarlo y que no puedo entrever a un ser humano sin comprender la historia que lo hizo así.
Sin embargo, esas decepciones y ese dolor de brazos hacen parte de mí, de lo que yo también soy. Una vez más me llama y me cancela la cita, está borracho. "No sé por qué me sorprende” Miro al techo y no puedo evitar un flashback del pasado, porque hace rato no me cancelaba. Ya no me molesta, la verdad ni siquiera me preocupa, pero como siempre, sigue haciendo parte de mí. ¿Será que él alguna vez se sintió así?
Los moralistas insisten en juzgarlo a uno. No se saben ni la mitad de la historia. Yo tampoco, por eso no hablo.
Comentarios
Publicar un comentario