Aquí arriba en la montaña el aire huele a fresco, a pino; es aire limpio, casi demasiado. Cuando vienes de la ciudad el aire puro te parece raro, no te acostumbras a tanto oxígeno. Aquí arriba se pueden ver las estrellas en un día cualquiera. Ahora mismo, en octubre, hace fresco durante el día y de noche hace frío agradable, sutil, no de morirse. He venido en invierno, en verano, en otoño y en primavera. He venido muchas veces y sigo viniendo cada que la fortuna me lo permite. No todo es perfecto, claro, semejante cosa no existe, pero aquí arriba encontré personas que me arropan con su cariño y me invitan a su mesa. Aquí arriba hay paz, pero no porque no quepa el dolor o la humanidad, sino porque hay cierto silencio, el silencio de la naturaleza, el rumor de los árboles, un olor que ya me es familiar, a comida que se está horneando. Aquí arriba no me duele nada, pero no porque este lugar tenga la facultad de desaparecer los dolores, sino porque abajo, en la ciudad, tampoco m...
A ti: porque te lo debía. Aspiro profundamente. Fernanda me dice que lo retenga, pero no puedo. El humo me quema la garganta. Toso fuertemente y ella se ríe de mí. Es su turno: aspira con menos exageración que yo, retiene el humo un momento y luego lo bota. Repito el procedimiento tratando de imitarla. Después de 4 o 5 aspiradas empiezo a sentirme rara. Un calor repentino me incendia las manos. Me las miro como si acabara de descubrirlas. —¿Qué tal? — pregunta Fernanda en algún lugar de mi cabeza. La miro. De alguna forma ha viajado en segundos a 20 centímetros de mi cara. Sonreímos como niñitas traviesas. El ruido de unas llaves en la puerta nos saca de ese ensimismamiento silencioso. —Mierda, mi hermano — dice Fernanda saltando de la cama. Una fuerza poderosa me agarra de la mano y me arrastra por el pasillo. Suena un portazo y todo queda oscuro. —No veo nada— digo al son de una epifanía. Suena un clic que nos teletransporta al baño. Fernanda jadea y con el dedo me hace la seña unive...
A la Alejandra de 20 años que no veía nada más: Sé que se siente como una lucha constante. Levantarse, sentir la misma desazón, el mismo fastidio, la misma tristeza agazapada por dentro todo el tiempo. "No se puede vivir así", escribiste un día y quisiera decirte que no tendrás que vivir así, que todo va a mejorar, que los neurotransmisores en tu cerebro se van a reconfigurar, que vas a encontrar tu tribu, que levantarte ya no te va a doler. Bueno, tampoco te voy a decir que no volverás a sentir dolor o tristeza inmensas, sabes bien que eso no existe. Pero te puedo asegurar que por cada día así, existirán muchos más de dicha inmensa, que te vas a reír hasta el tuétano, que te vas a enamorar no una, sino varias veces, que te van a romper el corazón, que vas a tener que indagar en el sótano de tu alma, aunque no quieras, que te vas a equivocar... todo eso va a pasar, pero te aseguro que haberte quedado va a valer toda la pena. Esto que sientes no eres tú, son las pastillas jugá...
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