A esa edad

Lo normal a esa edad era ir a fiestas. De quince, pre-prom (porque todavía estábamos muy chiquitas para pensar en proms) de salón comunal, cumpleaños de salón comunal... sí, creo que la de salón comunal era muy popular. Yo casi no iba a ese tipo de fiestas porque me aburría mucho, por un lado y porque no tenía quien me recogiera, por el otro. La psicología de las fiestas de salón comunal era más bien tonta. Consistía en pasar la mayor parte de la noche afuera del dichoso salón comunal hablando con tus amigas obviamente de tipos, mientras muy probablemente los sujetos de la conversación estaban sentados en una banquita a tres metros de tu grupito de amigas con una botella de alcohol que God Knows como consiguieron o fumándose un cigarrillo, haciéndose los grandes y mandándote miradas indirectas que provocaban más comentarios en el corrillo de amigas.
Oigan, adentro hay música ¿por qué no nos entramos? porque no queremos. Queremos quedarnos aquí jugando este juego pendejo con los muchachos, porque hace parte de la socialización adolescente. A mí eso me aburría mucho, muchísimo. Así que me cambiaba de corrillos, escuchaba lo que todas decían, hacía algún comentario de apoyo o me entraba al salón comunal en el que habían dos personas a sentarme en una silla, o me iba a echar una mirada al conjunto o iba al baño... sí, iba mucho al baño, allí por lo menos había silencio.
Por fin, después de como dos horas de esta pendejada, por fin la gente comenzaba a entrar y a bailar con sus respectivos conquistes colegiales o extra-colegiales (wow!) Entonces ahí yo me extra aburría porque yo no bailaba. A mí no me sacaban a bailar, no porque no supiera, ni porque fuera un ogro, sino porque yo no conocía casi a los muchachos y porque mis amigas estaban con sus respectivas conquistas.
Así que yo prefería quedarme afuera, sentarme contra la pared respirando el frío de la noche, preguntándome si la velada acabaría algún día, o entrarme a comer dulces (si habían) o irme al baño a mirarme en el espejo como para reconocerme y cuando ya tocaba, entraba al salón comunal a bailar en circulito. Bailar reggaeton en circulito porque cuando cambian de genero la gente baila en pareja y ahí se disuelve el circulito. Y así era toda la noche hasta que yo lograba irme temprano y llegaba a mi casa a seguir mirándome en el espejo y preguntándome por qué yo no me divertía tanto como las demás, por qué a mi no me sacaban a bailar.
La única vez que me pasó algo divertido en una fiesta de salón comunal fue en la fiesta de quince años de mi amiga Vivi. Me di mi primer beso con un muchacho muy apuesto, un poco tonto pero tremendamente apuesto y encantador. Probablemente de los más apuestos que estaban ahí. Y estoy segura de que esa noche casi no pude dormir y al otro día tuvimos tema como para horas de conversación con Vivi porque ella también se había dado su primer beso esa noche. La diferencia fue que ella se siguió hablando con su chico. Yo no volví a saber del mío (menos mal porque era un tontazo ahora que lo pienso) y desde ahí empecé a pensar que tal vez los hombres, los besos y las noches de luna llena eran fugaces y solo valían la pena en mi cabeza. Porque los reales, eran una perdida de tiempo.

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