Volando
A quien me prestó esta historia
para que yo la contara
(Perdón por la tardanza)
Siempre pasa algo peculiar con los lugares. Son solo lugares hasta que algo importante sucede y se convierten en símbolos, te remiten a un sentimiento, a una persona o a un momento que hayas vivido en ellos. A mí por ejemplo, me pasó con una cafetería. Si, una cafetería cualquiera de la universidad, un punto de encuentro con mis amigos, donde me sentaba a comer o beber algo, a tomarme un respiro entre clases, a leer un poco o a ver la gente pasar. Era eso, solo una cafetería, hasta que apareció él.
No tenía idea de quién era, ni cuál era su nombre ni que hacía allí. Pero sé que cuando apareció algo sucedió y sé que tampoco sé bien como describirlo. La realidad trepidaba, las paredes y el techo se iban desmoronando, la cafetería se deshacía y ya no era cafetería, era un lugar donde solo existíamos los dos… o bueno estaba él, un montón de gente más, y yo. Pero allí, solo yo podía ver las luces explotar en sus ojos y vibrar de éxtasis con cada movimiento.
La gente siempre habla de los amores platónicos, de las mariposas estomacales y no sé que más cosas… pero yo nunca lo había experimentado, nunca había sentido los escalofríos profundos de los que hablan los enamorados o los libros, o las películas. Hay dos frases cliché que siempre repiten: “el tiempo se detuvo” y “me quedé sin aliento”... Ese día las comprendí por primera vez en la vida y quiero tratar de explicarlo porque es algo demasiado absurdo…
Lo cierto es que el tiempo cobra un significado totalmente distinto, se convierte en un tiempo que no se puede medir con relojes, porque esos, sí siguen andando como locos, mientras que el otro no se detiene, más bien se fusiona con el de la otra persona… y escoges quedarte un momento mirándola sin importar cuantas veces den vueltas las manecillas al reloj de la pared.
Lo de quedarse sin aire es complejísimo… abstracto e increíble. La cuestión es y sé que quienes no lo hayan vivido no lo creerán, que el aire se junta todo en una especie de nube y se vuelve tan pesado que se queda pegado al suelo, al nivel de tus pies y te los enfría. Por eso es que cuesta respirar, porque no hay oxigeno… o por lo menos no para ti; Definitivamente tienes algo en el estomago, algo con alas, pero es algo más pequeño que un pajarito y más grande que una mosca, no sé si mariposas, y si lo son, definitivamente son ciegas y no hacen sino chocarse contra las paredes revolviéndote todo.
Desde que lo vi seguí yendo todos los días a la cafetería, tan solo para verlo, porque era mágico e increíblemente estúpido al mismo tiempo, era un amor platónico “de esos que te pasan al lado y te sudan las manos” de esos que te dan todos los síntomas de una enfermedad y sin embargo, te sientes más vivo que nunca. Me daba taquicardia, mareo, se me iba el apetito, parecía con un tic de tanto estremecerme… y me sucedía algo que todavía no he vuelto a experimentar: era consciente de todos y cada uno de mis poros, los sentía respirar, transpirar, desear con locura esos otros poros que se sentaban a cinco metros de nosotros.
En un par de ocasiones decidí seguirlo hasta el tren, me metía en el mismo vagón que él, no le perdía de vista y trataba de que me viera. A veces lo lograba, me veía… pero solo por instantes y sin embargo, sé que en esos instantes él no lograba verme a mí. Veía mi rostro, mi cuerpo inmóvil y vacío. Porque yo no estaba ahí, cuando él me miraba, me hallaba a miles de kilómetros, en el extremo más delirante de mi imaginación, al borde de su boca, colgando de sus pestañas, cayendo en picado hacía el infinito.
Sinceramente no sé cuánto tiempo pasé en esas. Un día al entrar en la cafetería lo vi con su novia. Y lo que pasó no necesita explicaciones poéticas. Dejé de caer libremente. Apareció la maldita gravedad y me choqué de bruces contra el suelo.
para que yo la contara
(Perdón por la tardanza)
Siempre pasa algo peculiar con los lugares. Son solo lugares hasta que algo importante sucede y se convierten en símbolos, te remiten a un sentimiento, a una persona o a un momento que hayas vivido en ellos. A mí por ejemplo, me pasó con una cafetería. Si, una cafetería cualquiera de la universidad, un punto de encuentro con mis amigos, donde me sentaba a comer o beber algo, a tomarme un respiro entre clases, a leer un poco o a ver la gente pasar. Era eso, solo una cafetería, hasta que apareció él.
No tenía idea de quién era, ni cuál era su nombre ni que hacía allí. Pero sé que cuando apareció algo sucedió y sé que tampoco sé bien como describirlo. La realidad trepidaba, las paredes y el techo se iban desmoronando, la cafetería se deshacía y ya no era cafetería, era un lugar donde solo existíamos los dos… o bueno estaba él, un montón de gente más, y yo. Pero allí, solo yo podía ver las luces explotar en sus ojos y vibrar de éxtasis con cada movimiento.
La gente siempre habla de los amores platónicos, de las mariposas estomacales y no sé que más cosas… pero yo nunca lo había experimentado, nunca había sentido los escalofríos profundos de los que hablan los enamorados o los libros, o las películas. Hay dos frases cliché que siempre repiten: “el tiempo se detuvo” y “me quedé sin aliento”... Ese día las comprendí por primera vez en la vida y quiero tratar de explicarlo porque es algo demasiado absurdo…
Lo cierto es que el tiempo cobra un significado totalmente distinto, se convierte en un tiempo que no se puede medir con relojes, porque esos, sí siguen andando como locos, mientras que el otro no se detiene, más bien se fusiona con el de la otra persona… y escoges quedarte un momento mirándola sin importar cuantas veces den vueltas las manecillas al reloj de la pared.
Lo de quedarse sin aire es complejísimo… abstracto e increíble. La cuestión es y sé que quienes no lo hayan vivido no lo creerán, que el aire se junta todo en una especie de nube y se vuelve tan pesado que se queda pegado al suelo, al nivel de tus pies y te los enfría. Por eso es que cuesta respirar, porque no hay oxigeno… o por lo menos no para ti; Definitivamente tienes algo en el estomago, algo con alas, pero es algo más pequeño que un pajarito y más grande que una mosca, no sé si mariposas, y si lo son, definitivamente son ciegas y no hacen sino chocarse contra las paredes revolviéndote todo.
Desde que lo vi seguí yendo todos los días a la cafetería, tan solo para verlo, porque era mágico e increíblemente estúpido al mismo tiempo, era un amor platónico “de esos que te pasan al lado y te sudan las manos” de esos que te dan todos los síntomas de una enfermedad y sin embargo, te sientes más vivo que nunca. Me daba taquicardia, mareo, se me iba el apetito, parecía con un tic de tanto estremecerme… y me sucedía algo que todavía no he vuelto a experimentar: era consciente de todos y cada uno de mis poros, los sentía respirar, transpirar, desear con locura esos otros poros que se sentaban a cinco metros de nosotros.
En un par de ocasiones decidí seguirlo hasta el tren, me metía en el mismo vagón que él, no le perdía de vista y trataba de que me viera. A veces lo lograba, me veía… pero solo por instantes y sin embargo, sé que en esos instantes él no lograba verme a mí. Veía mi rostro, mi cuerpo inmóvil y vacío. Porque yo no estaba ahí, cuando él me miraba, me hallaba a miles de kilómetros, en el extremo más delirante de mi imaginación, al borde de su boca, colgando de sus pestañas, cayendo en picado hacía el infinito.
Sinceramente no sé cuánto tiempo pasé en esas. Un día al entrar en la cafetería lo vi con su novia. Y lo que pasó no necesita explicaciones poéticas. Dejé de caer libremente. Apareció la maldita gravedad y me choqué de bruces contra el suelo.
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