Notas al pie para un texto aún no escrito sobre mi infancia parte 4
5. Calle 74 No 26- 17, Barrio Alcazares.
bueno... sobre mi infancia y adolescencia, porque esto va sobre una casa. Si, la casa en la que crecí. Hace más de cinco años no vivo allá, pero hace como quince días la vendimos finalmente a una familia. Por ende, me veo obligada a hacer una catarsis al respecto.
Esa casa la construyo mi mamá con sus ahorros, la levantó de ceros. Nos pasamos a vivir ahí cuando yo tenía tres años y la verdad, no recuerdo ninguna casa antes de esa, mi uso de razón y mi memoria de mi propia vida comienzan ahí.
En esa casa me pegaron correazos por no tomarme la avena caliente. Me regañaron por hacer daños y jugué todo lo que no está escrito. Porque mi hermana y yo teníamos un tercer piso para nosotras solas. El parque de juego perfecto para dos niñas. Ahí jugué a las barbies, a las casitas fantásticas construidas de muebles y cobijas por mi hermana, a que era pobre (si, pobre, imagínense, me encantaba ese juego... ¬¬), a la científica, a los superhéroes y a mi juego favorito... a las novelas! claro, porque como yo nunca fui a jardín infantil, me crié con las novelas mexicanas que veía mi tía. Y me armaba mis tramas del mismo talante por supuesto, a ver, les voy a contar: Yo, Alejandra, me enamoraba de Alejandro (jajaja ¡tan creativa yo!), un papasito rico, con todos los juguetes, el hombre perfecto, pero había una zorra que me lo quería robar y hacia de todo para impedir nuestro amor. Afortunadamente como siempre, triunfaba el bien y Alejito y yo nos casábamos, bueno en realidad la parte central del juego era el momento triunfal de nuestro matrimonio porque a mí me encantaba ponerme el traje de novia (hecho del velo de mi cuna) y luego venía el juego de la embarazada. No me pregunten por qué, pero yo amaba jugar a casarme y a la embarazada... sinceramente no tengo idea cuántos hijos le enchuté al Alejandrito imaginario, pero estoy segura de que fueron muchos.
En esa casa tuve “perubólica” claro, tuve trauma de todos los productos peruanos que promocionaban en esos canales y me sentí frustrada por no poder probar la famosa Incacola. Luego me volví fanática de una novela colombiana llamada marido y mujer que era absolutamente horrible. Era horrible porque era demasiado pesada, era buena pero era demasiado violenta. Dios! Yo tenía siete u ocho años y no me perdía la novela por las noches. Y no sé porque nadie nunca me dijo nada, creo que no me veían. De verdad, no sé cómo no salí con trauma de ver esa novela siendo tan chiquita. Bueno, si sé. Fue gracias a Directv. Si señores, la televisión por cable me salvo la vida. Y creo que literalmente, porque de lo contrario no sé que habría sido de mi… Aunque bueno, Directv alimentó otra clase de traumas, como por ejemplo las retorcidas caricaturas de nickelodeon, (léase “La vida moderna de Rocko”) y Le temes a la oscuridad? Que me dejó aterrorizada más de una noche.
Afortunadamente tenía el tercer piso y Directv para entretenerme. Porque sinceramente, el barrio era aburrido en exceso. Recuerdo mirar por la ventana los domingos y pensar que solo faltaba la bolita de paja que uno ve pasar por los lugares desiertos en la televisión. Lo único que se escuchaba era el debilucho ritmo del Para Elisa del carrito de los helados. Aclaro, nunca, jamás tuve amigos de barrio, sencillamente porque en ese barrio no había casi niños, o por lo menos yo nunca los vi porque el espacio no se prestaba precisamente para la socialización.
Desde los seis años mas o menos, tuve mi propio cuarto, en el que hacia mis tareas y ponía mi casette de Shakira veinticinco veces al día. Con los años ese se volvió mi refugió, mi bunker para mis depresiones de plena pubertad. Uff, severo flashback: yo, encerrada, luz apagada y sonando Avril Lavigne a todo volumen y yo pensando que el mundo se estaba acabando porque no me sentía muy feliz, porque me aburría el colegio, porque extrañaba a mi mamá que estaba en otra ciudad, etc. También lloré a cantaros en ese cuarto, porque odiaba al alcohol, y a las mozas y la soledad… y le pedía a Dios que mi papá llegara sano y salvo a la casa. Sip, ahí empezaron las famosas depresiones.
Pero antes de eso tengo muy buenos recuerdos. Como cuando los fines de semana mi hermana y yo nos levantábamos tempranito a jugar a la playa. Yo corría al cuarto de mi mamá, le sacaba un babydoll que tenía y me lo ponía, haciendo de cuenta que ese era mi vestido de baño (aunque no entendía por qué rayos la prenda tenía botones en toda la ingle), tomábamos dos sombrillas, dos toallas y tal vez una maleta. Bajábamos al garaje, poníamos las toallas bajo las sombrillas abiertas y hacíamos de cuenta que estábamos frente al mar. Yo a veces me ponía a nadar... claro, terminaba toda sucia de revolcarme en el garaje, pero me divertía montones...
Cuando tuve internet pasé horas hablando por msn, cuando tenía ese ruidito que provocaba dolor de cabeza. También hicimos asados en la terraza, hubo una mariposa gigante en la cocina, me pegué en la nariz contra una pared, ah! y también me tiré por las escaleras una vez porque mi hermana me dijo que lo hiciera. Sí, mi hermana fue mi primer modelo a seguir y yo hacía y deshacía según lo que ella hiciera o dijera. Eso sí, era insoportable con ella. Me colgaba en la puerta de su cuarto y jodía y jodía, no la dejaba hacer tareas y la sacaba de quicio.
Una vez incluso hicimos tamales con toda mi familia materna, como la casa era tan grande siempre se prestó para múltiples celebraciones, incluido un matrimonio, en el que me aburrí mucho y mi única diversión fue arrastrarme por el piso recogiendo unos dulcecitos envueltos en papel aluminio que habían lanzado por alguna extraña razón. Y aun tengo la imagen de los invitados mirándome con cara de "¿Qué carajos?" y riéndose por verme ensuciándome el vestido obstinadamente sin renunciar a mi fin de recoger todos y cada uno de los dulcecitos en el piso… y créanme, eran muchos.
El caso, podría seguir narrando anécdotas de esa casa, y tal vez algún día escriba muchas más. Por ahora esas son las que me vienen a la cabeza, las más relevantes, unas poquitas. Esa casa es importante, porque ahí crecí, fui feliz y también estuve triste en distintas oportunidades, pero son recuerdos, de cosas que me han hecho lo que soy hoy, son mis recuerdos, mis cosas, un gran pedazo de mi vida...
bueno... sobre mi infancia y adolescencia, porque esto va sobre una casa. Si, la casa en la que crecí. Hace más de cinco años no vivo allá, pero hace como quince días la vendimos finalmente a una familia. Por ende, me veo obligada a hacer una catarsis al respecto.
Esa casa la construyo mi mamá con sus ahorros, la levantó de ceros. Nos pasamos a vivir ahí cuando yo tenía tres años y la verdad, no recuerdo ninguna casa antes de esa, mi uso de razón y mi memoria de mi propia vida comienzan ahí.
En esa casa me pegaron correazos por no tomarme la avena caliente. Me regañaron por hacer daños y jugué todo lo que no está escrito. Porque mi hermana y yo teníamos un tercer piso para nosotras solas. El parque de juego perfecto para dos niñas. Ahí jugué a las barbies, a las casitas fantásticas construidas de muebles y cobijas por mi hermana, a que era pobre (si, pobre, imagínense, me encantaba ese juego... ¬¬), a la científica, a los superhéroes y a mi juego favorito... a las novelas! claro, porque como yo nunca fui a jardín infantil, me crié con las novelas mexicanas que veía mi tía. Y me armaba mis tramas del mismo talante por supuesto, a ver, les voy a contar: Yo, Alejandra, me enamoraba de Alejandro (jajaja ¡tan creativa yo!), un papasito rico, con todos los juguetes, el hombre perfecto, pero había una zorra que me lo quería robar y hacia de todo para impedir nuestro amor. Afortunadamente como siempre, triunfaba el bien y Alejito y yo nos casábamos, bueno en realidad la parte central del juego era el momento triunfal de nuestro matrimonio porque a mí me encantaba ponerme el traje de novia (hecho del velo de mi cuna) y luego venía el juego de la embarazada. No me pregunten por qué, pero yo amaba jugar a casarme y a la embarazada... sinceramente no tengo idea cuántos hijos le enchuté al Alejandrito imaginario, pero estoy segura de que fueron muchos.
En esa casa tuve “perubólica” claro, tuve trauma de todos los productos peruanos que promocionaban en esos canales y me sentí frustrada por no poder probar la famosa Incacola. Luego me volví fanática de una novela colombiana llamada marido y mujer que era absolutamente horrible. Era horrible porque era demasiado pesada, era buena pero era demasiado violenta. Dios! Yo tenía siete u ocho años y no me perdía la novela por las noches. Y no sé porque nadie nunca me dijo nada, creo que no me veían. De verdad, no sé cómo no salí con trauma de ver esa novela siendo tan chiquita. Bueno, si sé. Fue gracias a Directv. Si señores, la televisión por cable me salvo la vida. Y creo que literalmente, porque de lo contrario no sé que habría sido de mi… Aunque bueno, Directv alimentó otra clase de traumas, como por ejemplo las retorcidas caricaturas de nickelodeon, (léase “La vida moderna de Rocko”) y Le temes a la oscuridad? Que me dejó aterrorizada más de una noche.
Afortunadamente tenía el tercer piso y Directv para entretenerme. Porque sinceramente, el barrio era aburrido en exceso. Recuerdo mirar por la ventana los domingos y pensar que solo faltaba la bolita de paja que uno ve pasar por los lugares desiertos en la televisión. Lo único que se escuchaba era el debilucho ritmo del Para Elisa del carrito de los helados. Aclaro, nunca, jamás tuve amigos de barrio, sencillamente porque en ese barrio no había casi niños, o por lo menos yo nunca los vi porque el espacio no se prestaba precisamente para la socialización.
Desde los seis años mas o menos, tuve mi propio cuarto, en el que hacia mis tareas y ponía mi casette de Shakira veinticinco veces al día. Con los años ese se volvió mi refugió, mi bunker para mis depresiones de plena pubertad. Uff, severo flashback: yo, encerrada, luz apagada y sonando Avril Lavigne a todo volumen y yo pensando que el mundo se estaba acabando porque no me sentía muy feliz, porque me aburría el colegio, porque extrañaba a mi mamá que estaba en otra ciudad, etc. También lloré a cantaros en ese cuarto, porque odiaba al alcohol, y a las mozas y la soledad… y le pedía a Dios que mi papá llegara sano y salvo a la casa. Sip, ahí empezaron las famosas depresiones.
Pero antes de eso tengo muy buenos recuerdos. Como cuando los fines de semana mi hermana y yo nos levantábamos tempranito a jugar a la playa. Yo corría al cuarto de mi mamá, le sacaba un babydoll que tenía y me lo ponía, haciendo de cuenta que ese era mi vestido de baño (aunque no entendía por qué rayos la prenda tenía botones en toda la ingle), tomábamos dos sombrillas, dos toallas y tal vez una maleta. Bajábamos al garaje, poníamos las toallas bajo las sombrillas abiertas y hacíamos de cuenta que estábamos frente al mar. Yo a veces me ponía a nadar... claro, terminaba toda sucia de revolcarme en el garaje, pero me divertía montones...
Cuando tuve internet pasé horas hablando por msn, cuando tenía ese ruidito que provocaba dolor de cabeza. También hicimos asados en la terraza, hubo una mariposa gigante en la cocina, me pegué en la nariz contra una pared, ah! y también me tiré por las escaleras una vez porque mi hermana me dijo que lo hiciera. Sí, mi hermana fue mi primer modelo a seguir y yo hacía y deshacía según lo que ella hiciera o dijera. Eso sí, era insoportable con ella. Me colgaba en la puerta de su cuarto y jodía y jodía, no la dejaba hacer tareas y la sacaba de quicio.
Una vez incluso hicimos tamales con toda mi familia materna, como la casa era tan grande siempre se prestó para múltiples celebraciones, incluido un matrimonio, en el que me aburrí mucho y mi única diversión fue arrastrarme por el piso recogiendo unos dulcecitos envueltos en papel aluminio que habían lanzado por alguna extraña razón. Y aun tengo la imagen de los invitados mirándome con cara de "¿Qué carajos?" y riéndose por verme ensuciándome el vestido obstinadamente sin renunciar a mi fin de recoger todos y cada uno de los dulcecitos en el piso… y créanme, eran muchos.
El caso, podría seguir narrando anécdotas de esa casa, y tal vez algún día escriba muchas más. Por ahora esas son las que me vienen a la cabeza, las más relevantes, unas poquitas. Esa casa es importante, porque ahí crecí, fui feliz y también estuve triste en distintas oportunidades, pero son recuerdos, de cosas que me han hecho lo que soy hoy, son mis recuerdos, mis cosas, un gran pedazo de mi vida...
Yo me acuerdo de esa casa!!! jaja bueno en realidad solo estuve un rato allá, pero tengo un pequeño recuerdo. =D
ResponderEliminarSigue escribiendo, me parece muy divertido leer sobre la "pequeña ale"