Caminante
Me sentía como una penitente que insistía en caminar como forma de expiar algún pecado. No era culpable de nada, pero cada vez que la rodilla comenzaba a doler, insistía en caminar como si en el intento pudiera cancelar ese dolor y demostrarle al universo que no me dolía nada y que seguiría caminando siempre. Durante ese año que pasé en Europa ese fue casi un precepto: cuanto más largo se viera el camino, más me empeñaba en seguirlo. Estaba de viaje sola al otro lado del mundo; caminar era la forma perfecta de vivir esa experiencia. O hubiera sido perfecta si la rodilla no llevara casi un año doliendo cada vez que ponía una pierna enfrente de la otra.
Cuando llegué a Toledo, un sábado gris de noviembre, el dueño del hostal me dijo que la mejor vista de la ciudad estaba al otro lado del río. Dijo que me tomaría una hora y media atravesar el puente, caminar por la carretera hasta el punto donde podría tomar una foto digna de postal y luego devolverme por otro puente que estaba más allá. Me sonó perfecto y decidí hacer el recorrido, a pesar de la lluvia que comenzaba a caer y del frío que comenzaba a meterse por debajo de mi ropa, como un intento más del universo de disuadirme. Yo, terca, atravesé el puente y eché a andar por la carretera.
Antes de la mitad del trayecto pensé que debería devolverme, que era una caminata larga, y que yo ya llevaba unas cuantas horas andando por el pueblo. Que la rodilla. La rodilla nada, no me iba a detener. Llegué hasta el mirador y vi el perfil de Toledo en todo su esplendor, como congelada en una pintura medieval, recortada sobre el cielo gris y nublado. Pensé otra vez en regresar por dónde había llegado; al final ya tenía mi foto. Por la carretera no había nada que ver, difícilmente había sendero para caminar y, sin embargo, decidí llevarle la contraria a la voz sabia en mi cabeza y caminar hasta el otro puente. Llovía un poco. Dejé atrás la vista de la ciudad y seguí bordeando el río y la montaña, cada vez más solitaria. Era muy tarde para volver. La única forma de regresar era terminar lo empezado.
Caminar era una especie de sacrificio que hacía para pedirle al universo que me regresara mi rodilla sana. Al final, yo no era tan distinta de la gente que sube de rodillas al cerro de Monserrate en Bogotá para pedirle cosas a un Dios que solo recuerdan cuando necesitan algo. Yo necesitaba mi rodilla. Quería caminar y seguir viendo el mundo, seguir atravesando carreteras desoladas, calles atestadas, capitales lujosas y pueblos recónditos de cualquier continente.
Nunca fui deportista de niña. La coordinación cerebro mano (o pie) nunca fue uno de mis talentos. Pero siempre me ha gustado caminar. Es un acto casi meditativo que puedo hacer en compañía o en soledad y que me ayuda a pensar, a encontrarme y hasta a desahogarme. Tal vez también me gusta caminar porque es fácil y no exige ninguna habilidad especial, pero lo cierto es que caminando he encontrado casi tanta perspectiva y paz como lo he hecho escribiendo. Y esa es exactamente la razón por la que no pensaba -ni pienso- dejar que un dolor de rodilla me quite esa forma de comunión.
Poco antes de llegar al otro puente me di cuenta de que ahí la vista tenía poca gracia en comparación con la postal que había dejado atrás. Más carretera, la parte no tan bonita del río, gris, maleza y desolación. Era como ver la parte de atrás de una pintura o las costuras de un vestido. ¿Qué sentido había tenido caminar hasta ese punto? Tal vez ninguno, pero para mí caminar era suficiente. Caminar era el fin en sí mismo. El sacrificio y la “penitencia”. Hacer ese recorrido era una especie de acto mágico para curar mis propios males y desahogar mis tristezas. Caminar era el reto que me había impuesto a mí misma para recordarme que siempre puedo superar mis límites. Caminar para ver el final de un camino era y sigue siendo la más grande prueba de que soy perfectamente capaz de terminar algo cuando me empecino en ello y tal vez, también, de que puedo empecinarme demasiado.
Si me preguntan por el desenlace del recorrido, la verdad es que no lo recuerdo muy bien. Recuerdo que al atravesar el otro puente maldije mi suerte porque tuve que subir una cuesta muy empinada con un montón de escalones. Tal vez fue karma por mi terquedad. Sé que volví al centro histórico, que fui al hostal y que esa noche no pude dormir del frío que hacía. No recuerdo detalles de esa noche, pero la imagen de mi recorrido por la carretera bajo el cielo gris perlado y con la lluvia como compañía, es algo que no se me olvida. Y creo que no se me olvida por lo que entonces representaba ese pequeño periplo.
Ahora, tres años después de esa aventura, creo que hice bien en seguir caminando. No obtuve ningún premio, ni alcancé ningún objetivo particular más que dar toda la vuelta, completar mi meta personal. Podría considerarse descabellado visto ahora, sabiendo que al final ese dolor de rodilla iba a terminar en cirugía, pero lo cierto es que si esa meta llamaba mi alma, aunque fuera solo para verle las costuras a Toledo, lograrlo era necesario.
Lo bueno de ser caminante profesional es que nosotros no buscamos una recompensa que alcanzar cuando ejercemos nuestro llamado. Caminar es suficiente.

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