Veinticinco fenómenos del niño (porque acá no hay primaveras)


El vértigo es abrumador. Todo el mundo me recuerda que 25 años son un cuarto de siglo, la mitad de cincuenta años. Me miro en el espejo y me pregunto a qué horas pasó tanto tiempo y cómo es que yo todavía no me siento como el adulto responsable y serio que creí que debía ser a esta edad cuando era niña. Escarbo en mi cabeza y compruebo que tengo demasiados recuerdos en ella. ¿Será por eso que con la edad uno empieza a olvidar las cosas? ¿porque simplemente no hay lugar para tanto? No sé, empezar a perder la memoria es algo que me abruma, porque sé que todos estamos hechos de las cosas que vivimos y sin la memoria sencillamente no podríamos evolucionar. Esa es otra discusión, pero está relacionada.

Sí, el número es abrumador para mí. Quienes son mayores me miran con ternura y me recuerdan que aún me falta mucho por vivir, por aprender, que estoy en la flor de la vida. Yo no sé cómo sean las hojas o el tallo de la vida, así que no puedo refutar esa afirmación, pero compruebo que es una edad que tiene sus ventajas. Ya no soy adolescente, así que no me siento incómoda en mi propia piel ni me preocupa no tener suficientes amigos o noches de juerga en mi prontuario. Me preocupan otras cosas, como tomar decisiones razonables respecto a mi propio futuro, como ahorrar, hacer contactos, hacerme responsable de mis actos. Lo pienso dos veces antes de comprar prendas de vestir de color claro porque sé que se ensucian más y sé cuando debo evitar ese otro trago porque no quiero emborracharme. Tengo la suficiente salud y energía para funcionar al 100% y seguir haciendo las cosas que me gustan, aunque un dolor ocasional en la rodilla me recuerda que no voy a tener 25 para siempre y que tengo que aprovechar mientras puedo.

También tengo miedo del futuro. Pero he aprendido que el miedo es necesario, que es algo que salva, que impulsa, que da adrenalina. Y al mismo tiempo me doy cuenta de que le temo menos a cosas que me causaban pavor en ocasiones porque sé que si se tienen menos expectativas (no menos sueños, claro) respecto a las cosas, cualquier cosa llega a ser beneficiosa. Sé cuales son mis mayores defectos y mis mayores virtudes y no pierdo el tiempo tratando de explicarle a la gente por qué soy chévere y a veces jarta. No me meto en discusiones con gente que no escucha razones porque sé que no vale la pena y no pierdo el sueño si nadie me saca a bailar en una fiesta. Bailo sola si me da la regalada gana y alzo los ojos cuando algunos me miran como si eso fuera un crimen.

Presto mucha más atención a la gente mayor porque sé que ellos (la mayoría, en todo caso) saben de lo que hablan y expresan más sabiduría en sus anécdotas que los libros de autoayuda. Valoro más la amabilidad de la gente porque sé que normalmente el mundo no es tan amable con nadie y agradezco todo el amor que me da mi familia y mis amigos porque me doy cuenta que ese amor me ha hecho en gran parte la persona que soy y me hace creer que todo estará bien aún en medio de mi mentalidad fatalista.

También sigo siendo una niña para ciertas cosas. Me río con chistes tontos y lloro con las películas de muñequitos, tal vez más que cuando era niña. Hago pucheros cuando se traban las cosas y lloro del desespero cuando siento que no sé cómo hacer algo. No soy tan niña como me gustaría, claro. Ya he aprendido muchas mañas que me impiden ver las cosas con inocencia a veces y tengo prejuicios aprendidos que tengo que derribar constantemente.

Me falta mucho aún, y sé que no voy a alcanzar a comerme el mundo. Tampoco quiero comérmelo la verdad. Quiero hacer cosas que me hagan feliz y que puedan hacer a otros un poco felices. Quiero aprender a rendirme más a menudo y entender con el corazón que no puedo controlarlo todo y que eso está bien. Como tener veinticinco años y sentir el vértigo. Y sentir el enorme placer de escribir aquí, después de tanto tiempo.

Comentarios

  1. Alejandra: siempre estoy muy pendiente de tu blog porque me gusta mucho lo que escribes, pero esta entrada en particular me encantó. Me siento muy identificada con todo realmente, aunque yo en definitiva sea mucho más niña y me cueste decir adiós a todo. Tal vez no quieras comerte el mundo, pero ten por seguro que por la forma como piensas, probarás de él tragos amargos, pero serán más sabores dulces y picantes los que te harán abrirte a nuevos caminos. Un abrazo muy grande. Zoca.

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