Conclusiones viajeras 1: La potencia
* Mezquita Azul. Estambul, Turquía.
Soy afortunada. De hecho, soy una de las personas más afortunadas que conozco y podría quedarme mucho tiempo explicando por qué lo soy, pero por ahora, solo voy a hablar de una posibilidad que tuve hace poco (y que vuelvo a tener en unos días): viajar.
He tenido la fortuna de ver lugares muy lejanos. De apreciar un pedacito de sus olores, de su gente, de su comida, sus monumentos, casas, calles, de aprender historia, geografía, política, economía y hasta sociología recorriéndolos. Viajar es uno de los placeres más maravillosos y enriquecedores que existen, y fuera de eso un lujo. Por eso me considero tan afortunada.
He visto tantas catedrales que ya no podría distinguir el interior de todas, a excepción tal vez de las más famosas. He visto tantas torres y edificios altísimos que me han obligado a alzar por completo la mirada para tratar de abarcarlo y siempre aparece el mismo pensamiento en mi cabeza: alguien tuvo que llegar hasta la punta, poner la última cruz, el último gallo, ladrillo, piedra. Ahora eso no puede suponerse con los rascacielos, porque existen las grúas y demás... pero en esas torres medievales, en esos edificios construidos en décadas con el sudor de miles de esclavos y obreros, alguien tuvo que ir hasta la punta. Allá, arriba. a 85, 100, 120 metros. Alguien estuvo allí. Un ser humano estuvo allí.
Han pasado los siglos. En algunos lugares más que en otros. No existen registros suficientes de quienes construyeron esos lugares, de quienes colocaron cada ladrillo en su lugar. A la historia poco le interesan esos nombres. Ha pasado el tiempo y el edificio persiste (la Hagia Sophia, por ejemplo). Derruido en partes, erosionado, descolorido, manchado, oxidado. Ha cambiado de dueños, de habitantes, de razón, hasta de religión; ha presenciado guerras, secretos, amoríos, ceremonias, fiestas, muertes. Ha presenciado demasiadas cosas que no puede contarnos. Y sigue allí. Sigue allí dando fe de su propia existencia, o de la nuestra. De la idea de algún loco que decidió juntar un montón de piedras para darle un sentido superior, para trascender o para demostrar poder.
Y esa, es exactamente la otra cosa que no deja de sorprenderme sobre estos lugares; antes de ser un edificio real, visible, un testimonio irrefutable, inamovible, inmortal, mucho antes de que otro ser humano tuviera que ir hasta la punta para culminarlo, existió en la cabeza de otro ser humano. Y cómo carajos llegó allí es algo difícil de explicar, pero no deja de ser una maravillosa prueba del potencial que nos habita. Eso somos: potencia. Lo que nos diferencia como raza no es la cantidad de cosas que hemos logrado hasta el momento, los lugares conquistados, los inventos traídos a la realidad. Lo que nos diferencia como raza es la posibilidad de tomar una piedra en nuestras manos y convertirla en una torre para proteger una ciudad o tomar la misma piedra y tirársela en la cabeza a otro ser humano, simplemente porque no estamos de acuerdo con él.
Esos edificios están ahí para ser testigos de la potencia humana: de la capacidad de construir algo que se eleve al cielo y al mismo tiempo, de destruir la vida en nombre de cualquier justificativo que se ponga de moda. Que no se nos olvide eso la próxima vez que nos tomemos una selfie enfrente de un monumento fotografiado millones de veces.
Para eso sirve viajar, también. Para ser consciente de lo que se es, al menos por herencia evolutiva.
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