Fragmento de la mujer justa
Este es un fragmento de uno de mis libros favoritos. Se lo he leído a muchas personas porque creo que es algo maravilloso sobre un hecho con el que cualquiera puede identificarse: el desamor.
“Desde el momento en que supo que ella había dejado la ciudad y se había
marchado a Inglaterra —aunque nadie, ni siquiera su familia conocía su
paradero—, mi marido enfermó de verdad de aquella espera incierta, que es
quizá el mayor sufrimiento que existe. Sé lo que se siente... Más tarde, cuando
nos divorciamos, yo también lo estuve esperando así durante un tiempo, tal vez
un año. ¿Sabes?, como cuando te despiertas en mitad de la noche y sientes que
te falta la respiración, como un asmático falto de aire que estira la mano en la
oscuridad buscando otra mano. No logras entender que el otro ya no está a tu
lado, ni siquiera en la casa vecina o en el mismo barrio. En vano pasearás por la
calle, pues no se cruzará contigo. El teléfono se convierte en un trasto inútil, la
prensa está llena de noticias superfluas sobre hechos banales, por ejemplo, que
ha estallado una guerra mundial o que han destruido un barrio entero en
alguna capital europea de millones de habitantes... Te cuentan lo que ocurre en
el mundo y, tras escuchar con educada atención, dices con aire distraído: «¿De
verdad?... No me diga... Muy interesante», o bien: «¡Eso es estremecedor!», pero
no sientes absolutamente nada. En una hermosa novela española, un libro
inteligente y triste —ya no recuerdo al autor, tenía un nombre de torero,
larguísimo, con muchos nombres de pila—, leí que esa especie de hechizo, ese
estado de ánimo de los enamorados en eterna espera del amor ausente tiene
algo en común con el desvarío de los hipnotizados; y que sus miradas son como
las de los enfermos que empiezan a despertar de su delirio y levantan con
esfuerzo los párpados hinchados. No ven nada más que un rostro, no oyen más
que un nombre.
Pero un día se despiertan.
Como yo.
Miran a su alrededor, se frotan los ojos. Ya no ven ese rostro... mejor
dicho, siguen viéndolo, pero más difuminado. Ven el campanario de una
iglesia, un bosque, un cuadro, un libro, las caras de otras personas, toman
conciencia de la magnitud del universo... Es una sensación extraña. Lo que ayer
te parecía insoportable, te dolía tanto que te partía el corazón, hoy ya no te hace
daño. Te sientas en un banco y estás tranquilo. Te pasan por la cabeza cosas
como «pollo relleno» o «los maestros cantores de Nüremberg». O «hay que
comprar una bombilla para la lámpara de la mesita». Eso es la realidad, y todo
lo que la compone es igual de importante. Ayer todo eso resultaba improbable,
volátil, incomprensible: la realidad era totalmente distinta. Ayer ansiabas
venganza, o quizá redención, querías que llamara, que te necesitara
desesperadamente o que lo encerraran en la cárcel y lo ejecutaran. ¿Sabes?,
mientras sientas eso, el otro se sentirá feliz y se mantendrá alejado. Aún tiene
poder sobre ti. Mientras clames venganza, el otro se frotará las manos porque la
venganza es un deseo, una especie de yugo. Pero llega un día en que despiertas,
te frotas los ojos, bostezas y, de pronto, te das cuenta de que ya no quieres nada.
Ni siquiera te inmutas cuando lo ves por la calle. Si llama por teléfono
respondes, como debe ser. Si quiere verte, y la cita es inevitable, bueno,
adelante.
Todo eso lo haces con ánimo tranquilo y sincero, ¿sabes? Ya no queda
nada del dolor, de la convulsión, del delirio. ¿Qué ha pasado? No lo
comprendes. ¿Ya no anhelas venganza?...
Y entonces te das cuenta de que ésa es la verdadera venganza, la única, la
perfecta: ya no quieres saber nada de él, no le deseas nada malo ni nada bueno,
ya no puede hacerte sufrir. Antiguamente los hombres, en este caso, escribían
una carta a sus amadas que siempre tenía el mismo encabezamiento: «Estimada
señora»... Eso lo decía todo. Decía: «ya no puedes hacerme daño». En tales
circunstancias, la mujer inteligente se echa a llorar. O quizá no. El hombre
inteligente manda un buen regalo, un ramo de rosas... o la renta vitalicia. ¿Por
qué no? Ahora es posible porque ya no duele.
Así fue como sucedieron las cosas. Un día me desperté y comencé a
caminar, a vivir.”
Se me partió el corazón. Durante un año creí que no lo soportaría. Pero
desperté una hermosa mañana y descubrí algo... sí, lo más importante, eso que
uno sólo puede aprender por sí mismo...
¿Quieres que te lo diga?
¿No te dolerá?
¿Podrás soportarlo?
Pues sí, yo lo soporté. Pero no me gusta contárselo a nadie, no me gusta
privar a la gente de sus ideales, de la fe depositada en una preciosa invención
que es la fuente de mucho sufrimiento y a la vez de mucho esplendor: hechos
heroicos, obras de arte, prodigiosas hazañas del ingenio humano... Ahora tú
estás en ese mismo estado de ánimo, lo sé. ¿Aun así quieres que te lo cuente?
De acuerdo. Pero luego no me guardes rencor. Mira, querida, el Señor me
castigó duramente y, al mismo tiempo, quiso premiarme imbuyéndome de este
conocimiento y ayudándome a soportarlo sin sucumbir. ¿Que qué descubrí?
Descubrí, querida mía, que la persona justa no existe.
Un día desperté, me incorporé en la cama y sonreí. Ya no sentía dolor. Y
de golpe comprendí que la persona justa no existe. Ni en el cielo ni en la tierra,
ni en ningún otro lugar. Simplemente hay personas, y en cada una hay una
pizca de la persona justa, pero ninguna tiene todo lo que esperamos y
deseamos. Ninguna reúne todos los requisitos, no existe esa figura única,
particular, maravillosa e insustituible que nos hará felices. Sólo hay personas. Y
en cada una hay siempre un poco de todo, es a la vez escoria y un rayo de luz...
Lázár lo sabía cuando se despidió de mí en la puerta de su casa en silencio y con
aquella sonrisa misteriosa porque yo había dicho que encontraría a la mujer
justa para mi marido. Él sabía que no existe... Pero no dijo nada, y luego se fue a
Roma a escribir uno de sus libros. Al final, los escritores siempre hacen lo
Mismo.
(…)"
La mujer justa — Sandor Marai pp. 127-130
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