Matices

A Daniel Suarez,
por todo.

Me he mirado en el espejo durante horas en busca de una comprobación. He deseado volverme gota y desaparecer entre las grietas. Pero es al final del día cuando recuerdo lo mucho que valoro la transparencia y lo mucho que aprecio que me digan cosas que vienen del corazón. No necesariamente con palabras, pues me basta con ver verdad en sus ojos. Me río y lloro al mismo tiempo. Pero ya no lloro por un vacío que me ocupa el alma sino porque sé que todas esas cosas que siento, todos esos recuerdos, los lugares maravillosos que he visto, esas palabras crueles en ocasiones, dulces en otras, la música, la poesía, la indignación, las imágenes, todo eso me hace humana. Lloro porque me siento viva y eso es mil veces mejor que simplemente estar vivo. Porque existen los matices. Porque quiero dar gracias infinitas por lo afortunada que soy de tenerlos en mi vida. Lloro porque al final del día los argumentos son pocos, las posibilidades demasiadas y las probabilidades de encontrar respuestas son computables por cero. Las cosas que nos gustan no son más de 10, las que nos asustan 4 o 5, las que realmente nos importan 3 0 4.  Y los amigos, los que se sientan a disfrutar contigo, a escuchar tus idioteces, y cuestionar el orden del universo sin importar lo infructuoso de la conversación, los que te prestan sus ojos por un momento para que te mires, que saben lo que has crecido en el tiempo y cuándo esas risas son verdaderas y no puro teatro, esos amigos se pueden contar con los dedos de una mano. Pero valen por cantidades inefables. 

Gracias, tout simplement. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Montañita

Humo

La dicha de haberse quedado