Une lettre du futur



Cortona, Italia. Mayo 10 de 2018
Querido JL

Te parecerá extraño que en un tiempo como este, en el que la tecnología reemplaza con fuerza ciertas actividades manuales me dé por escribirte una carta por correo postal. A veces extraño esas cosas, las más sencillas y no tan formales, además, aquí dónde estoy no tengo internet. Bueno, sí tengo pero no me interesa usarlo y tengo el portátil clausurado en alguna parte del closet desde que llegué hace dos semanas.
Son las cinco de la tarde, el reflejo del sol anaranjado de la Toscana entra por mi ventana dorándome la piel un poco más.
La casa en la que me estoy quedando es hermosa. Es una pequeña villa a las afueras de la ciudad. Casi no la consigo, ya sabes, ahora todo son hoteles lujosos diseñados para viajes de negocios, que realmente nada te alejan de la rutina. De todas formas por esta época es complicado conseguir una de estas villas tan a última hora, pero bueno, gracias a mi obstinación la conseguí. Mathieu no quería venir, no he podido entender bien que es lo que tienen los franceses con este país que les da piquiña. Le dejé muy claro desde el principio que si no me acompañaba igual me vendría sola. Como siempre, yo gané. Ahora es él quien no quiere irse. Está feliz porque se encontró una cosecha de naranjas fragantes acá en la villa. Según él, las naranjas más deliciosas de Europa.
Desde que lo nombraron director ejecutivo de la confitería de la familia no para de hablar de nuevas formas de hacer mermelada; y ahora que se encontró las dichosas naranjas se la pasa haciendo experimentos con ellas.
Voy a tomarle una foto a la vista que tengo enfrente y luego te la mando. Bueno, en cuanto encuentre la cámara que debe estar refundida entre todos los papeles que tengo en esta mesa. Veo unas montañas bañadas de sol, cubiertas de cultivos de quién sabe qué, algunas pocas villas a los lejos. Escucho unos pajaritos cantando y puedo sentir un olor dulce a… naranjas cocinándose... Otra vez Mathieu. La ama de llaves grita indignada: ¡Non è possibile essere cosi ossesionato con un frutto!
Me asomo por la ventana y veo a mi novio recogiendo naranjas en un cesto y murmurando feliz para sí mismo. –Cheri- Le grito – Tu ne crois pas que ça suffit avec les oranges?*- No me pone cuidado. – Mathieu!-  insisto. Me mira distraído y me contesta: -Je suis si prés du point exact, tu vas voir**- me afirma con un gesto de la mano y entra a la casa. No hay modo.
Pasado mañana regresamos a Paris. Tengo dos días para cuadrar cosas y salir para Cannes, al festival. Trato de prepararme sicológicamente para lo que se viene: reuniones, conferencias, ruedas de prensa y proyecciones; y después de eso tres meses más viajando con la vida en una maleta. Empezamos preproducción y necesitamos catorce locaciones de países diferentes. En fin, amo mi trabajo, pero me ha sentado muy bien este descanso. Aquí parece que el tiempo no pasara, no me doy cuenta a qué horas se me va el día aquí sentada contemplando este paisaje tan hermoso, me encanta este lugar, pero la verdad, si vuelvo a oler naranjas con azúcar una vez más, me va a dar un coma diabético.
La ama de llaves ha puesto a quemar hojas de romero. Al parecer no soy la única empalagada de cítrico. Me asomo por la ventana otra vez, no veo a Mathieu. Lo escucho subir corriendo las escaleras y decir algo de que necesita más azúcar. Me besa en la boca fugazmente y sale, de nuevo corriendo. Lo amo, pero a veces me pone de los nervios.
El sol ya casi se termina de ocultar. Pasa una brisa, ahora huele a naranjas, a romero, a quemado y a comienzo de anochecer.  Se me fue otro día, se me fue otro atardecer.
El otro día vi una foto de tu hija en Facebook, está divina. Ahora sí estás viejo mi querido. Y ¿qué digo yo? Veintisiete años ¿puedes creer eso? Yo no. Sigo bajo la impresión de que son muchos más.
Escríbeme cuando tengas tiempo, hace mucho no sé de ti.

Un beso de naranja dulce,

Alejandra.


*: ¿no crees que ya estuvo bueno con las naranjas?
**: estoy tan cerca del punto exacto, vas a ver.

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