La primera parte de Trago Amargo que nunca publiqué
(Esta y la otra fueron inspiradas en Dopamina) 11 de julio de 2010
Mínimo eran las ocho. Como siempre, otra noche de viernes pasada estudiando. No, yo no tenía, ni conocía más vida que esa. No esperaba nada distinto de mi jornada. Tomaba mis notas enfermizamente ordenadas gracias a mi esfuerzo. Nunca he sido obsesiva por el orden ni nada de eso, pero descubrí que en eso me pasaba más fácil el tiempo que anotando rápidamente. Decidí que había sido suficiente por ese día. Eché una última hojeada al séptimo libro que había sacado de la estantería. Ya tenía toda la información que necesitaba sobre el tema, pero tenía la maña de revisar todos los libros que había sacado así no los fuera a usar como referencias en mis trabajos. No esperaba que hubiera casi gente en la biblioteca. Al fin al cabo, no éramos muchos los que sacrificábamos un viernes ante los libros.
Escuché un carraspeo y alcé la mirada. Allí estaba Camilo y yo por supuesto comencé a sentir un escalofrió por toda la espalda que me impidió moverme de la dura butaca que me sostenía. Hola, dije con un hilito de voz apenas audible en tanto silencio. Me percaté de que me había quedado a medio camino de cerrar el libro y que probablemente me vería casi preocupante en esa parálisis improvisada. ¿Que haces aquí a esta hora?, preguntó el medio esbozando una sonrisa. Cerré el libro de un golpe contundente como obligándome a recuperar la sensatez. Abrí la boca, pero, por supuesto, nada absolutamente nada quiso salir de allí. Moví los ojos a través de todo el techo y el espacio que nos separaba hasta que sentí que era capaz de articular palabras. Adelanto un trabajo, contesté como diciendo -si, no tengo nada más divertido que hacer- ¿y tu?, lancé antes de que pudiera objetar cualquier cosa y desplacé mis ojos clavados en su hermoso rostro a sus manos que cargaban un pequeño libro cuyo titulo no alcancé a distinguir. Accedieron a hacerme el supletorio mañana en la tarde, así que vine por el manual... para estudiar mañana, dijo mientras se acercaba poco a poco a mí. O sea que hoy no vas a estudiar, repliqué demostrando mi gran habilidad para entender lo implícito de sus palabras. Negó con la cabeza, sonriendo como todo un niño pícaro. Hoy celebramos, terminó.
Lo siguiente que supe fue que Camilo me agarraba de la muñeca y me sacaba a zancadas de la biblioteca, insistiendo en que yo fuera a celebrar con él. Quería poder refutar algo, decir que debía acomodar los libros antes de irme, pero tenías las piernas hechas de gelatina y estaba segura que, de todas formas, no quería oponer ninguna clase de resistencia. El caso es que me encontraba esculcando mi dormitorio en busca de algo decente que ponerme, hasta que encontré una blusa negra de escote elegante y que -no me costaba admitir- me favorecía. Pasé al tocador y traté de peinarme rápidamente. Me puse algo de rubor, pestañina y brillo de labios. Tomé un instante para mirarme y no me reconocí. Brillaba. Camilo era capaz de hacer que yo brillara de un modo estúpido, que sonriera de 28 formas diferentes y que le diera permiso a mi lado "divertido" de dejarse conocer.
Camilo y sus amigos me esperaban en una camioneta que al parecer tenía la única intención de recoger a todo el que estuviera dispuesto a unirse a aquel improvisado festejo y de alborotarnos los nervios a todos los presentes a punta de música repetitiva. No tenía idea de lo que yo hacía, sentía ganas de decirle a Camilo que mejor me dejara por ahí, que de repente me sentía mal y quería irme a mi casa. No era broma, comencé a sentirme mal... pero yo sabía que era producto de mi imaginación, que mi molestia tenía más que no sabia que estaba haciendo, lo cual, por un lado me asustaba y por otro, no dejaba de emocionarme. Cantábamos a voz en grito, tenía una pierna dormida de lo incomoda que iba en el asiento de atrás, pero me divertía, me reía no sé de qué carajos y me divertía.
Dos horas después de estar andando en aquella ruta escolar, llegamos al sitio. Era un lugar escandalosos, con una decoración recargada y por supuesto, todo el ruido que pudiera albergar adentro. Exactamente el tipo de sitio que yo no habría escogido nunca por mi propia voluntad. Me quité la chaqueta y la dejé en una mesa como todos los demás, que en ese momento corrieron a la pista de baile a gritar y sacudirse. No sé quién me puso un vaso en la mano y cuando alcé la mirada vi como entraba Laura al lugar. Me quedé sorda, muda, paralizada. El sueño que estaba viviendo en ese momento no podía sencillamente ser tan perfecto. La realidad siempre tiene que ser tan odiosa como para tirárselo todo.
Escuché un carraspeo y alcé la mirada. Allí estaba Camilo y yo por supuesto comencé a sentir un escalofrió por toda la espalda que me impidió moverme de la dura butaca que me sostenía. Hola, dije con un hilito de voz apenas audible en tanto silencio. Me percaté de que me había quedado a medio camino de cerrar el libro y que probablemente me vería casi preocupante en esa parálisis improvisada. ¿Que haces aquí a esta hora?, preguntó el medio esbozando una sonrisa. Cerré el libro de un golpe contundente como obligándome a recuperar la sensatez. Abrí la boca, pero, por supuesto, nada absolutamente nada quiso salir de allí. Moví los ojos a través de todo el techo y el espacio que nos separaba hasta que sentí que era capaz de articular palabras. Adelanto un trabajo, contesté como diciendo -si, no tengo nada más divertido que hacer- ¿y tu?, lancé antes de que pudiera objetar cualquier cosa y desplacé mis ojos clavados en su hermoso rostro a sus manos que cargaban un pequeño libro cuyo titulo no alcancé a distinguir. Accedieron a hacerme el supletorio mañana en la tarde, así que vine por el manual... para estudiar mañana, dijo mientras se acercaba poco a poco a mí. O sea que hoy no vas a estudiar, repliqué demostrando mi gran habilidad para entender lo implícito de sus palabras. Negó con la cabeza, sonriendo como todo un niño pícaro. Hoy celebramos, terminó.
Lo siguiente que supe fue que Camilo me agarraba de la muñeca y me sacaba a zancadas de la biblioteca, insistiendo en que yo fuera a celebrar con él. Quería poder refutar algo, decir que debía acomodar los libros antes de irme, pero tenías las piernas hechas de gelatina y estaba segura que, de todas formas, no quería oponer ninguna clase de resistencia. El caso es que me encontraba esculcando mi dormitorio en busca de algo decente que ponerme, hasta que encontré una blusa negra de escote elegante y que -no me costaba admitir- me favorecía. Pasé al tocador y traté de peinarme rápidamente. Me puse algo de rubor, pestañina y brillo de labios. Tomé un instante para mirarme y no me reconocí. Brillaba. Camilo era capaz de hacer que yo brillara de un modo estúpido, que sonriera de 28 formas diferentes y que le diera permiso a mi lado "divertido" de dejarse conocer.
Camilo y sus amigos me esperaban en una camioneta que al parecer tenía la única intención de recoger a todo el que estuviera dispuesto a unirse a aquel improvisado festejo y de alborotarnos los nervios a todos los presentes a punta de música repetitiva. No tenía idea de lo que yo hacía, sentía ganas de decirle a Camilo que mejor me dejara por ahí, que de repente me sentía mal y quería irme a mi casa. No era broma, comencé a sentirme mal... pero yo sabía que era producto de mi imaginación, que mi molestia tenía más que no sabia que estaba haciendo, lo cual, por un lado me asustaba y por otro, no dejaba de emocionarme. Cantábamos a voz en grito, tenía una pierna dormida de lo incomoda que iba en el asiento de atrás, pero me divertía, me reía no sé de qué carajos y me divertía.
Dos horas después de estar andando en aquella ruta escolar, llegamos al sitio. Era un lugar escandalosos, con una decoración recargada y por supuesto, todo el ruido que pudiera albergar adentro. Exactamente el tipo de sitio que yo no habría escogido nunca por mi propia voluntad. Me quité la chaqueta y la dejé en una mesa como todos los demás, que en ese momento corrieron a la pista de baile a gritar y sacudirse. No sé quién me puso un vaso en la mano y cuando alcé la mirada vi como entraba Laura al lugar. Me quedé sorda, muda, paralizada. El sueño que estaba viviendo en ese momento no podía sencillamente ser tan perfecto. La realidad siempre tiene que ser tan odiosa como para tirárselo todo.
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