mi segunda cronica
esta fue una cronica q tuve a hacer para una materia que se llama lenguajes, generos y texturas (basada en la cancio de Pedro Navaja de Ruben Blades):
“Yo fui el unico testigo del asesinato de Pedro Navaja”
Omar Ramírez, un inmigrante dominicano residente en Nueva York, relata su experiencia al ser el único testigo del asesinato del perseguido Pedro Navaja y de Josefina Wilson, la prostituta a la que atacó, en frente del bar de su propiedad en Manhattan. A ambos los conocía desde hacía varios años pues los tres hacían parte de la comunidad de inmigrantes latinos del Bronx.
A las once de la noche de un viernes como cualquier otro suenan las notas movidas de una salsa del gran combo de Puerto Rico en un bar latino de Manhattan, Nueva York. Unos 30 inmigrantes se congregan en este ambiente de son, de sabor, de ron cubano y humo de cigarrillo. En la barra, el propietario del sitio, Omar Ramírez, charla animadamente con sus clientes. Con un acento típico de latino inmigrante, comenta a carcajadas los recuerdos de su patria, lo dura que es la vida en Estados Unidos o el chisme de la semana. No importa el tema, lo importante es reunirse con sus amigos, todos esos inmigrantes con los que tiene en común un sabor latino y unas ganas de luchar infinitas en un mundo donde no todo es color de rosa.
Dominicano de cuarenta y tres años de edad, Omar reside en el Bronx desde hace quince. En ese tiempo ha sido testigo de muchas cosas, del lado oscuro de Nueva York. Me cuenta que el Bronx siempre ha sido una zona muy pesada, aunque antes lo era más. -Manhattan ni se diga. Acá todos los días hay crímenes bien escabrosos- dice Omar. Entre todas las cosas que ha visto, el sábado pasado le tocó ser el único testigo de un peculiar asesinato en el que murió el famoso Pedro Navaja. Pero aparte de esto, los conocía a los dos, al Navaja y a Josefina Wilson, la prostituta que le disparó luego de que este la hubiera apuñalado.
Ahora suena una bachata, no me sé el nombre, pero debe ser conocida porque sale más de un boricua a bailar apretujado. Aprovecho que Omar se aleja un poco del corrillo para pedirle que me cuente un poco sobre los acontecimientos del sábado pasado. -Ese día el bar estaba tal cual como tú lo ves ahorita- me dice mientras limpia un vaso. - El mismo ambiente, la misma música y La misma gente de siempre… incluida “la Jose”, que vino a tomarse un trago como a la una porque el negocio estaba malo esa noche- termina.
Josefina Wilson, cuyo verdadero apellido era López, era hija de inmigrantes mexicanos y desde muy pequeña vivió en Nueva York, justo al lado de la casa de Omar en el Bronx. Este me cuenta que los latinos del Bronx son muy unidos, casi todos se conocen y se saben la historia de sus vecinos. –“La Jose” y sus papás eran ilegales, pero ella se caso con un “gringuito” para legalizarse y se quedó con el apellido- me dice Omar cuando le pregunto por ella.
La conoció de muy joven, mas o menos 18 años y recordarla le produce un poco de nostalgia. Era una muchacha bonita, de buen cuerpo y alegre a pesar de las circunstancias. Cada quince días hacía una fiesta en su casa e invitaba a Omar. Quien acepta que se sentía atraído por ella, pero era buen amigo de sus padres y eso le impedía tratar de conquistarla. Sin embargo, por vueltas de la vida daría unos malos pasos y terminaría prostituyéndose para sobrevivir, en una zona que incluía la calle donde se localiza el bar de Omar.
- A veces ella venia, yo le invitaba una cerveza y charlábamos. Luego ella volvía a trabajar- Dice Omar subiendo el volumen sobre los ochenta decibeles de la voz de Marc Anthony que nos aprietan los tímpanos. Cuenta que esa noche notó a Josefina, molesta y decepcionada, pues las deudas la estaban ahogando. –¡Omar yo estoy muy salada!- la imita mi interlocutor entre risas. Le agradeció a Omar el trago y salió a la calle a seguir intentando. Tres horas más tarde sería asesinada.
Ahora le pregunto por Pedro Navaja, el asesino en serie. -Al Navaja si lo conocía todo el mundo, le teníamos miedo- dice Omar. –Siempre fue el tipo loco del Bronx y habían chismes de que mató a su primera esposa pero eso nunca se confirmó- cuenta sobre el inmigrante puertorriqueño llamado Pedro Barrios, mejor conocido con el sobrenombre de Pedro Navaja porque a sus victima las asesinaba con este instrumento.
Antes de volverse asesino en serie ya tenía un “criminal record” o antecedentes criminales: lo buscaban por varios robos, tráfico y venta de drogas y posesión ilegal de armas. El año pasado se escapo de la cárcel cuando lo habían detenido vendiendo coca en una callejón de Queens. Logró robarse la pistola de un policía, lo mató y escapó. Allí comenzó su ola de asesinatos que en cinco meses ya ascendía a ocho.
Ya son las dos y media. Más de un borracho ya se ha ido del sitio incapaz de tenerse en pie. Pero unos veinte siguen allí dentro, bailando, bebiendo y fumando. Omar sale a fumarse un cigarrillo y respirar un poco de aire americano. Mientras lo acompaño me cuenta que ya había visto a Navaja varias veces por el sector en lo que iba del año. –A veces entraba cuando yo ya iba a cerrar y me pedía un trago. Me tocaba dárselo, ¿como tú le vas a negar algo a ese tipo?- dice Omar en voz baja para que solo yo lo oiga. Del tema poco se habla o por lo menos no en este tipo de ambientes, que lo que pretenden es relajar un poco a los presentes.
Esa noche Navaja pasó por el bar de Omar hacia las tres y cuarenta y cinco, al momento del cierre. Pidió una cerveza, se sentó a la mesa y se la tomó. Omar terminó de arreglar el sitio y esperó que se fuera. Salió silenciosamente del bar y pasó la calle. –Con las manos en los bolsillos del gabán, así uno no sabia donde llevaba el puñal-. Se ocultó en la oscuridad de la calle y Omar creyó que se había ido. En ese momento, pasó Josefina, le hizo una mueca de que no había tenido suerte y siguió derecho por la acera.
-Baje la reja hasta la mitad y salí a la calle. Cuando me di cuenta el Navaja iba detrás de la Jose y le lanzó el puñal- relata Omar. El resto de la historia la leyeron todos en el periódico: antes de caer al suelo, Josefina sacó un revolver del bolso y le disparó a Navaja. –Todo eso fue muy rápido, quise correr donde “la Jose” pero me entré a llamar a la policía, mientras llegaban volví a salir y vi los dos cadáveres en el suelo, parecía un mal chiste- prosigue.
Omar señala un punto como a tres metros de donde estamos y dice que fue allí donde ocurrió todo. Un mal trago que tuvo que pasar, pero desafortunadamente no el primero ni el ultimo. -Cuando llegó la policía no encontraron ninguna de las armas - yo les dije que se las había debido robar un loquito que venia en la esquina cuando lo del disparo, pero luego no se veía por ningún lado-. Con la ayuda de Omar el caso se resolvió rápidamente, horas más tarde encontraron al mendigo con la pistola y la navaja que comprobó las huellas de Josefina y Pedro Navaja, confirmando la versión del testigo.
Volvemos a entrar al bar. Un borracho se abalanza sobre Omar y juntos comienzan a cantar una de Juan Luis guerra, su compatriota. La gente sigue riendo, charlando, cantando, bailando. Tal vez de estar viva “la Jose” estaría con ellos. De pronto tuvo que morir para salvar a más gente de Navaja. Quien sabe, ya no importa, el show debe continuar para el resto de la gente en esta ciudad de luces y brillo, pero también de crímenes y oscuridad que pocos viven.
“Yo fui el unico testigo del asesinato de Pedro Navaja”
Omar Ramírez, un inmigrante dominicano residente en Nueva York, relata su experiencia al ser el único testigo del asesinato del perseguido Pedro Navaja y de Josefina Wilson, la prostituta a la que atacó, en frente del bar de su propiedad en Manhattan. A ambos los conocía desde hacía varios años pues los tres hacían parte de la comunidad de inmigrantes latinos del Bronx.
A las once de la noche de un viernes como cualquier otro suenan las notas movidas de una salsa del gran combo de Puerto Rico en un bar latino de Manhattan, Nueva York. Unos 30 inmigrantes se congregan en este ambiente de son, de sabor, de ron cubano y humo de cigarrillo. En la barra, el propietario del sitio, Omar Ramírez, charla animadamente con sus clientes. Con un acento típico de latino inmigrante, comenta a carcajadas los recuerdos de su patria, lo dura que es la vida en Estados Unidos o el chisme de la semana. No importa el tema, lo importante es reunirse con sus amigos, todos esos inmigrantes con los que tiene en común un sabor latino y unas ganas de luchar infinitas en un mundo donde no todo es color de rosa.
Dominicano de cuarenta y tres años de edad, Omar reside en el Bronx desde hace quince. En ese tiempo ha sido testigo de muchas cosas, del lado oscuro de Nueva York. Me cuenta que el Bronx siempre ha sido una zona muy pesada, aunque antes lo era más. -Manhattan ni se diga. Acá todos los días hay crímenes bien escabrosos- dice Omar. Entre todas las cosas que ha visto, el sábado pasado le tocó ser el único testigo de un peculiar asesinato en el que murió el famoso Pedro Navaja. Pero aparte de esto, los conocía a los dos, al Navaja y a Josefina Wilson, la prostituta que le disparó luego de que este la hubiera apuñalado.
Ahora suena una bachata, no me sé el nombre, pero debe ser conocida porque sale más de un boricua a bailar apretujado. Aprovecho que Omar se aleja un poco del corrillo para pedirle que me cuente un poco sobre los acontecimientos del sábado pasado. -Ese día el bar estaba tal cual como tú lo ves ahorita- me dice mientras limpia un vaso. - El mismo ambiente, la misma música y La misma gente de siempre… incluida “la Jose”, que vino a tomarse un trago como a la una porque el negocio estaba malo esa noche- termina.
Josefina Wilson, cuyo verdadero apellido era López, era hija de inmigrantes mexicanos y desde muy pequeña vivió en Nueva York, justo al lado de la casa de Omar en el Bronx. Este me cuenta que los latinos del Bronx son muy unidos, casi todos se conocen y se saben la historia de sus vecinos. –“La Jose” y sus papás eran ilegales, pero ella se caso con un “gringuito” para legalizarse y se quedó con el apellido- me dice Omar cuando le pregunto por ella.
La conoció de muy joven, mas o menos 18 años y recordarla le produce un poco de nostalgia. Era una muchacha bonita, de buen cuerpo y alegre a pesar de las circunstancias. Cada quince días hacía una fiesta en su casa e invitaba a Omar. Quien acepta que se sentía atraído por ella, pero era buen amigo de sus padres y eso le impedía tratar de conquistarla. Sin embargo, por vueltas de la vida daría unos malos pasos y terminaría prostituyéndose para sobrevivir, en una zona que incluía la calle donde se localiza el bar de Omar.
- A veces ella venia, yo le invitaba una cerveza y charlábamos. Luego ella volvía a trabajar- Dice Omar subiendo el volumen sobre los ochenta decibeles de la voz de Marc Anthony que nos aprietan los tímpanos. Cuenta que esa noche notó a Josefina, molesta y decepcionada, pues las deudas la estaban ahogando. –¡Omar yo estoy muy salada!- la imita mi interlocutor entre risas. Le agradeció a Omar el trago y salió a la calle a seguir intentando. Tres horas más tarde sería asesinada.
Ahora le pregunto por Pedro Navaja, el asesino en serie. -Al Navaja si lo conocía todo el mundo, le teníamos miedo- dice Omar. –Siempre fue el tipo loco del Bronx y habían chismes de que mató a su primera esposa pero eso nunca se confirmó- cuenta sobre el inmigrante puertorriqueño llamado Pedro Barrios, mejor conocido con el sobrenombre de Pedro Navaja porque a sus victima las asesinaba con este instrumento.
Antes de volverse asesino en serie ya tenía un “criminal record” o antecedentes criminales: lo buscaban por varios robos, tráfico y venta de drogas y posesión ilegal de armas. El año pasado se escapo de la cárcel cuando lo habían detenido vendiendo coca en una callejón de Queens. Logró robarse la pistola de un policía, lo mató y escapó. Allí comenzó su ola de asesinatos que en cinco meses ya ascendía a ocho.
Ya son las dos y media. Más de un borracho ya se ha ido del sitio incapaz de tenerse en pie. Pero unos veinte siguen allí dentro, bailando, bebiendo y fumando. Omar sale a fumarse un cigarrillo y respirar un poco de aire americano. Mientras lo acompaño me cuenta que ya había visto a Navaja varias veces por el sector en lo que iba del año. –A veces entraba cuando yo ya iba a cerrar y me pedía un trago. Me tocaba dárselo, ¿como tú le vas a negar algo a ese tipo?- dice Omar en voz baja para que solo yo lo oiga. Del tema poco se habla o por lo menos no en este tipo de ambientes, que lo que pretenden es relajar un poco a los presentes.
Esa noche Navaja pasó por el bar de Omar hacia las tres y cuarenta y cinco, al momento del cierre. Pidió una cerveza, se sentó a la mesa y se la tomó. Omar terminó de arreglar el sitio y esperó que se fuera. Salió silenciosamente del bar y pasó la calle. –Con las manos en los bolsillos del gabán, así uno no sabia donde llevaba el puñal-. Se ocultó en la oscuridad de la calle y Omar creyó que se había ido. En ese momento, pasó Josefina, le hizo una mueca de que no había tenido suerte y siguió derecho por la acera.
-Baje la reja hasta la mitad y salí a la calle. Cuando me di cuenta el Navaja iba detrás de la Jose y le lanzó el puñal- relata Omar. El resto de la historia la leyeron todos en el periódico: antes de caer al suelo, Josefina sacó un revolver del bolso y le disparó a Navaja. –Todo eso fue muy rápido, quise correr donde “la Jose” pero me entré a llamar a la policía, mientras llegaban volví a salir y vi los dos cadáveres en el suelo, parecía un mal chiste- prosigue.
Omar señala un punto como a tres metros de donde estamos y dice que fue allí donde ocurrió todo. Un mal trago que tuvo que pasar, pero desafortunadamente no el primero ni el ultimo. -Cuando llegó la policía no encontraron ninguna de las armas - yo les dije que se las había debido robar un loquito que venia en la esquina cuando lo del disparo, pero luego no se veía por ningún lado-. Con la ayuda de Omar el caso se resolvió rápidamente, horas más tarde encontraron al mendigo con la pistola y la navaja que comprobó las huellas de Josefina y Pedro Navaja, confirmando la versión del testigo.
Volvemos a entrar al bar. Un borracho se abalanza sobre Omar y juntos comienzan a cantar una de Juan Luis guerra, su compatriota. La gente sigue riendo, charlando, cantando, bailando. Tal vez de estar viva “la Jose” estaría con ellos. De pronto tuvo que morir para salvar a más gente de Navaja. Quien sabe, ya no importa, el show debe continuar para el resto de la gente en esta ciudad de luces y brillo, pero también de crímenes y oscuridad que pocos viven.
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